Carmen
Las raíces de un mito
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A medio camino entre el romanticismo y el realismo, Próspero
Merimée, fue un funcionario estatal y discreto escritor conocido ante todo, por
sus relatos breves, en los que aborda temas como la violencia y la crueldad
humanas: La Venus d'Ille (1837), Colomba (1840) y Carmen
(1846) --ambientada en una España exótica y romántica--, que se hizo famoso
sobre todo al convertirse en ópera gracias a Georges Bizet. De aquí que las
numerosas adaptaciones cinematográficas se hayan basado en esta última, más que
en el relato original.
Vicente Aranda ha optado por remontarse a los orígenes y llevar a la
pantalla la novela de Merimée con intención de recuperar el mito, encuadrarlo
históricamente y ofrecernos una explicación fílmica de la mujer fatal que le dio
lugar. Por esta razón, tras un prólogo que encuadra los personajes de la
cigarrera y el soldado para da fuerza al arranque, el film nos sitúa en la
investigación del escritor francés del que sabemos por la historia que su
interés por España fue mucho más allá de lo que Carmen trasluce, y su
conocimiento de la geografía y el carácter españoles se fraguó a lo largo de
siete viajes por España entre 1830 y 1864, de los que dejó una numerosa
correspondencia, recogida en el volumen Viajes a
España.
Carmen (Paz Vega) es la tópica y típica mujer española de
belleza meridional, carácter arrebatado, tan compleja como pasional. El
sargento navarro José (Leonardo Sbaraglia), de ideas tradicionales, firmes y
católicas se convierte en su víctima que protagoniza acontecimientos
extraordinarios, amores turbulentos y crímenes incontrolables. Se diría que el
fatalismo, los celos y la sangre van a marcar su vida con la aparición de cada
nuevo amante de Carmen. José se convierte en un juguete de las pasiones de esta
mujer abocado con ella a la tragedia.
Dice Vicente Aranda que "Carmen necesita un siglo tan
revuelto como el XIX para cristalizar. Parece contradictorio que aparezca en
España, pero es que, como decía Trotsky, las cuerdas que se tensan siempre se
rompen por la parte más delgada. Y no hay a principios de ese siglo un lugar con
mayor asfixia de la libertad que ese país llamado España. Hace tan sólo unos
pocos años que se han dado vivas a las cadenas. Y eran los oprimidos los que
daban ese grito". Se trataría pues de una reacción individual de libertad
constatada por uno de esos viajeros extranjeros en busca de los exótico por
España, que oyó el relato de Eugenia de Montijo.
Añade Aranda que no ha querido “romper esa suerte de
maleficio yendo directamente a la novela de Merimée y buscando en ella no sólo
los elementos narrativos susceptibles de un reconocimiento de la imagen,
actualizado, impropio de su época, sino también el perfil de la Carmen que nos
gusta, que nos inquieta, y sobre la cual nos queda un resto permanente de
intriga”.
De modo que lo que Vicente Aranda ha querido contar es una historia de
rebeldía. Pero ¿qué vemos realmente en el film? En primer lugar una película de
excelente factura, a lo que el director catalán nos tiene de sobra
acostumbrados, no sólo por su amplia filmografía: veintidós películas desde
Brillante porvenir (1964) y Fata Morgana (1966) a Juana la loca
(2001) y Carmen, sino de algo que ha dado prueba en las últimas, que
sabe dar credibilidad fílmica a la historia.
Para una película como la que nos ocupa la ambientación de época era
esencial. Y es sin duda lo mejor, junto con la puesta en escena, la dirección de
actores y la fotografía. Aranda ha conseguido, como lo hizo en Juana la loca
con Beatriz Pérez Aranda, sacar de en la apariencia “mosquita muerta” Paz Vega
una mujer de arrestos, un volcán andaluz, que aportara el explosivo al uso:
jovencita de buen cuerpo y símbolo erótico convertida en hembra aguerrida.
Adquirido el filón, el film no ahorra desnudos provocativos, más
eróticos que sexuales, y nos muestra una psicología femenina compleja más en la
apariencia que en las motivaciones. En realidad sabemos que Carmen es una “mujer
fatal”, a la que las circunstancias de hambre y pobreza han conducido al drama
que encarna. Pero, sea por la cuidada estética simbólica del film, o porque no
adentra en los sentimientos, Carmen, ni como personaje ni como película nos
emociona.
El realizador ha conseguido una superproducción, eso sí, una de las más
costosas del cine español, con una excelente recreación de ambientes, paisajes y
vestuarios que nunca cantan ni rompen el embrujo. En momentos ha logrado color y
encuadres de fuerza pictóricas, como el de la cigarreras del comienzo del film o
algunos desnudos en claroscuro a lo Goya o Romero de Torres. Se ha salido con
maestría en ocasiones de la propia película, rompiendo los tópicos al uso.
Alcanza en otras excelentes rasgos de humor, por ejemplo con la aparición de El
Tuerto en la cueva de los bandoleros.
Pero, como suele suceder, pese a existir inspiración formal, sentido de
la imagen, excelente interpretación, falla la inspiración, algo innombrable en
el alma de la película, lo que solemos llamar poesía. En realidad falla en
ocasiones además el guión. Por ejemplo la película decae en las citadas
secuencias de bandoleros y resulta ingenua y efectista en su uso de los símbolos
religiosos. Bien está que José sea devoto de la Virgen, pero en ocasiones parece
más un San Luis Gonzaga que un soldado de su Majestad, dadas sus reiteradas
devociones. O que se introduzca la iconografía de Iglesia, estando como estaba
en aquella época tan arraigada en la vida de los españoles, pero el desenlace
sangriento en el templo y el culto al desnudo de Carmen sobre un altar, parece
excesivo, por mucho mito que fuera para José y para Aranda la singular moza. Por
no hablar de los momentos en que ambos protagonista hablan en euskera. Ni
sabemos dónde lo ha aprendido la popular andaluza ni parece José esté
capacitado para ser profesor de Ikastola en plena Sevilla del XIX[1].
Con ello, insisto, no quiero menoscabar los valores de este producto cinematográfico que está por encima de otros films equivalentes; que entretendrá y deleitará, sin dejar de producir buenos frutos de taquilla, entre otras razones por los atractivos de la protagonista, mostrados con tanta finura como abundancia. Pero, al salir nos seguimos preguntando quién es en realidad Carmen, puesto que a José, el macho ibérico entontecido y destruido por una mujer, lo conocemos bien. Quizás por esta razón Vicente Aranda se ha apresurado a hacer declaraciones sociológicas presentándola como víctima, no sea que las embravecidas feministas se le echen encima. Porque Carmen, la de Merimée, la de Bizet y la de Aranda, querámoslo o no, no deja en buen lugar al sexo femenino. Otra cosa es que dé cumplido juego a la exhibición y al drama.
[1] Merimée sí lo explica en su libro, al que en general Aranda es fiel en su versión cinematográfica: “Porque los gitanos, como no son de ningún país y viajan siempre, hablan todas las lenguas; hasta de los moros y los ingleses se dejan entender. Carmen sabía bastante bien el vascuence”. Aunque José aclara que en lo de su origen vasco, como en otras cosas, “Carmen mentía” ( Próspero Merimée, Carmen, pág. 47)
Dirección:
Vicente Aranda.
Guión: Joaquín
Jordá y Vicente Aranda; basado en la novela de Prosper Mérimée.
País: España.Año:
2003.Interpretación:
Paz Vega (Carmen), Leonardo Sbaraglia (José), Jay Benedict (Prosper), Antonio
Dechent (El Tuerto), Joan Crosas (Dancaire), Joe Mackay (Teniente), Josep
Linuesa (Lucas), William Armstrong (Fray Carmelo), Julio Vélez (Señorito),
Emilio Linder (Aristóteles).Producción:
Juan Alexander.Música:
José Nieto.
Fotografía: Paco
Femenía.Montaje:
Teresa Font.
Dirección artística:
Benjamín Fernández.
Vestuario:
Yvonne Blake. Estreno en España: 3 Octubre 2003