Presentación del libro
“DÍEZ-ALEGRÍA, UN JESUITA SIN PAPELES” DE PEDRO MIGUEL LAMET
Palabras del autor
Decía el genio de
nuestra Literatura Baltasar Gracián, jesuita que tuvo problemas con la censura
-todos sus libros los publicó bajo seudónimos menos uno de carácter devoto-
que “No hay en el mundo señorío como la libertad de corazón”. Algo en que
curiosamente viene a coincidir el Concilio Vaticano II, cuando define la
conciencia como “ese núcleo más secreto y sagrado del hombre en que está a
solas con su Dios y cuya voz resuena en la intimidad” para poder elegir. Por
consiguiente creo que este acto que estamos celebrando, más que la presentación
de un libro, viene a ser un nuevo homenaje a la libertad y la conciencia de este
hombre singular que tengo a mi vera y que se llama José María Díez-Alegría.
Voy a ser breve porque
siempre he pensado que los libros se deben defender por si solos y para eso se
publican. Por otra parte ya están aquí para presentarlo el propio protagonista
de esta historia y el ministro José Bono cuya presencia y apoyo quiero ante todo
agradecer de corazón.
Me limitaré pues a
contar sucintamente mi experiencia al escribirlo y la significación
que creo que puede tener en el momento presente.
Mi experiencia ha sido gozosa
1. Todos los amigos de Alegría coincidimos en que tratar con él es además de un placer relacionarse con una rara avis en los tiempos que vivimos. Frente a los clichés preestablecidos de intelectual petulante, “cura comunista” y enfant terrible, el padre Díez-Alegría es un hombre sencillo, que como buen profesor matiza con exquisitez académica y al que además ni los más finos inquisidores han conseguido hallarle ni la más mínima herejía o heterodoxia en sus escritos. Pero sobre todo que es un hombre de fe, que se ha identificado con los pobres y marginados del Evangelio de Jesús. Un creyente que yo diría paradigmático, catalizador de una forma de entender la fe en nuestro tiempo. Es incluso un hombre piadoso, devoto de María de Nazaret, a la que sigue rezando el rosario diariamente. Y sobre todo es un hombre de esperanza.
2. Humanamente hablando –lo habréis podido observar en esta presentación- es un hombre cercano, excelente conversador, amigo de sus amigos y que nunca ha perdido el sentido del humor. Hoy más que nunca nos convine no que olvidar que el humor es una forma de amor, un sonreír entre lágrimas que permitió a Cervantes encumbrar un loco y a Charles Chaplin convertir en héroe a un vagabundo marginal.
3. Es un hombre de Iglesia, a la que quiere en su sentido más original de koinonía, comunidad que pretende seguir a Jesus, pero no infantilmente, sino como hijo adulto y crítico, purificándola de la ganga que arrastra por los siglos. Una Iglesia “semper reformandam”, una Iglesia madre y santa pero también “casta meretrix”, como la llamaban los antiguos, que necesita hijos rompedores y críticos como José María.
4. Es un profesor y un pedagogo, dimensión que han mantenido siempre, no sólo cuando enseñaba Ética y Ciencias Sociales, sino cuando escribe sus libros o incluso artículos en los periódicos. Ha sabido expresar claramente su pensamiento sin pelos en la lengua y sin miedo, pero al mismo tiempo con tolerancia, respetando el pluralismo y el modo de pensar de los demás, con rigor de pensamiento y coherencia absoluta entre lo que ha dicho y lo que ha puesto en práctica toda su vida.
5. Alegría es un gran jesuita. Quiero subrayar esto porque es verdad. Él está jurídicamente fuera de la Compañía de Jesús, como sabéis, pero ha seguido viviendo como tal. Con un concepto dinámico de su pertenencia, donde los hombres y el amor hacia ellos es algo más importante que la institución. Paradójicamente, el P.Arrupe, antagonista en un periodo muy a pesar de ambos, también ponía a la persona por encima de lo institucional. De aquí que me haya resultado apasionante seguir el obligado enfrentamiento entre ellos –como biógrafo de los dos-, cuando en el fondo estaban mucho más cerca de lo que parece.
6. Y por último Alegría un hombre que se adelantó a su tiempo. Por eso Alegría nunca ha dejado de ser joven, porque ha perforado siempre los acontecimientos hasta tocar lo más nuclear de la vida, aunque esto le costara aparecer como inconformista y revolucionario. Esa valentía le permitió convertirse en uno de esos hombres “bisagras” que contribuyeron que las puertas de este país y más en concreto los creyentes se abrieran a la transición democrática. De la mano del gran P. Llanos, del que vamos a celebrar en unos días sus cincuenta años de su desembarco en el Pozo del Tío Raimundo.
Por todo ello escribir este libro ha sido una gran experiencia, pues se comulgue o no con sus ideas, nadie puede negar que José María Díez-Alegría ha sido al mismo tiempo valiente y sencillo, creyente y crítico, rebelde y fiel, cordial y contundente, afable y molesto, demoledor y constructivo, anti-institucional y eclesial, poeta e intelectual, humorista y comprometido, no marxista y anti-anti-marxista, obediente y desobediente, intelectual y asequible, erudito y popular, maduro y enfant terrible, jesuita y jesuita (aunque sin papeles), y sobre todo y en una palabra, un hombre bueno
Por otra parte ¿qué significado tiene contar la vida de Díez-Alegría en el momento que estamos viviendo en el mundo y en nuestro país?
1. En tiempos tumultuosos de crisis de valores y con la libertad muy diezmada por los condicionamientos económicos, mediáticos y sociopolíticos es defender que la libertad es un derecho de la persona que nos hace superar las ataduras de la economía de mercado, el consumo, la publicidad , el pensamiento único e incluso la propia religión.
2. En tiempos de enfrentamientos políticos partidistas, donde parece que lo único importante es el provecho de tal o cual partido, más que la justicia social; cuando ponemos nuestro bienestar por encima de la justicia, el hambre de los pobres, y nuestra sociedad del confort frente a los inmigrantes de las pateras, el éxito del mercado y las audiencia más que el respeto a la verdad y la honradez, necesitamos un baño de coherencia. Y eso es Alegría, coherencia con el mensaje troncal del Evangelio.
3. Cuando la guerra y la violencia deterioran la convivencia internacional en la medida en que todos sabemos, el pensamiento ético antiviolento de Díez-Alegría sigue siendo una bocanada de aire fresco.
4. Cuando nuestra Iglesia vive un poco a la defensiva y como refugiada en los castillos de la ortodoxia hacen falta hombres de frontera y diálogo que den credibilidad al cristianismo en esa tierra común y difícil donde agnósticos e increyentes encuentren al menos una mínima zona de diálogo.
5. Y en un momento en que algunos parecen querer hacer resucitar las dos Españas, identificando de nuevo la fe y el compromiso social con la derecha o con la izquierda, vale la pena dar vueltas a la moviola para intentar regresar a los intentos de reconciliación y superación del clericalismo y el anticlericalismo de la transición, porque nadie tiene la exclusiva del Evangelio, el Espíritu sopla donde quiere y la Iglesia debe ser al mismo tiempo crítica, libre y alejada de todas las formas de poder.
6. Y sobre todo necesitamos ese optimismo, el talante de humor y el distanciamiento que Díez-Alegría aportó en tiempos de radicales enfrentamientos.
Quizás por eso uno de los textos bíblicos preferidos de José María es el que nos narra el momento en que Elías sube a la montaña en que Dios se había manifestado a Moisés. Allí se va a hacer presente el Dios de Abraham. Vino un huracán violento, pero no estaba Dios en el viento. Después vino un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Después un fuego, pero no estaba Dios en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue. Allí estaba Dios.
Yo veo a Alegría como una brisa tenue entre tanto huracán, fuego ira, dogmatismo y terremoto. Y con este libro sólo he pretendido que algo de lo que ha hecho posible esa fresca brisa, llegue de alguna a manera a todos vosotros. A sus 94 años él dice que ya es un okupa del Universo. Yo pido a Dios que lo siga ocupando muchos años, porque le necesitamos. De nuevo muchas gracias.
Pedro Miguel Lamet