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En torno a «Gran hermano»

Todos hemos sucumbido alguna vez a la tentación de mirar por el ojo de la cerradura. Los teóricos del cine aseguran incluso que el séptimo arte tiene algo de eso como fundamento psicológico y sociológico. Nos liberamos de nuestras propias historias escapando, por identificación con los personajes, con otras historias más dramáticas o divertidas que las nuestras.

De hecho la proliferación de programas sobre la vida privada de los famosos, llámese prensa del corazón o del cotilleo, da igual, responde al mismo fenómeno. Una sociedad aburrida busca alimentar su necesidad de novedad, morbosidad e historias ajenas, porque la suya ha perdido por lo general pasión y horizontes.

Todos sabemos que «El gran hermano» no deja de ser un juego y un programa de televisión. Pero estoy seguro de que va a dar mucho que hablar. Por el momento he visto poco a los miembros de esa curiosa pecera humana. Pero de partida ya me resultan un tanto rocambolescos los comentarios que se están lanzando sobre sus actitudes, sus lágrimas, su solidaridad y su pretendida «rebelión, como si fueran auténticas.No digo que sus sentimientos no sean reales, como el llanto de Maria José al salir o la amistad creada entre ellos. Digo que son cobayas y sus actitudes están provocadas por la presión

No es «El show de Truman». Yo no creo que esas personas puedan ser naturales, ni siquiera interpretarse a ellas mismas delante de una cámara y millones de miradas espiándoles. No entro en cuestiones éticas, sino en la credibilidad mediática y estética. Es verdad que en determinado momento uno tendrá que olvidarse de ese perenne ojo del Gran Hermano que les ve: Parábola incluso teológica del ojo sobre triangulo («Mira niña que la Virgen lo ve todo») de una visión demasiado antropocéntrica y agobiante de la divinidad. Pero el experimento no pasa en realidad de ser otra manifestación de la necesidad de convertir la vida en espectáculo. Del «reality show» ya hemos saltado a la jaula humana del circo televisivo.

Si la vida es sueño, representación, teatro, cine o inconsistente «maya» como dicen los orientales, ¿qué es «El gran hermano»? Ficción dentro de la ficción, gallos, fieras, cristianos o gladiadores lanzados a la arena por el Nerón de turno, para contentar a una masa de esclavos. Al final la ética se reduce a una profunda cuestión estética.

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La bofetada de mi abuelo

Mi abuelo era un lobo de mar. Cuando era joven, salía todas las noches con las solapas de su capote levantadas y su gorra marinera hasta los ojos, como piloto de barco que era, a pescar con buen y mal tiempo, y regresaba al amanecer cuando el sol comenzaba a reír en la cal luminosa de las casas de Cádiz. Eso le dio un carácter fuerte y en apariencia hasta duro, sin duda forjado en su lucha cotidiana con el oleaje y el esfuerzo de llevar a su familia el pan de cada día.
Pues bien, mi padre me contó una anécdota de mi abuelo, que me ha dado mucho que pensar sobre la figura del padre. Un día, cuando mi padre era aún niño, hizo no sé qué trastada, que debió ser gorda, por lo que ocurrió después. Tanto, que mi abuelo no debió encontrar otra salida que darle un solemne bofetón. Luego abrió las puertas del balcón y se acodó en la barandilla asomado a una de esas gaditanas calles sombreadas, morunas, estrechas. Entonces mi padre, llorando desconsoladamente, abrió sigilosamente la ventana de al lado y sin que mi abuelo le pudiera ver, descubrió que el imponente lobo de mar  estaba llorando con la cabeza entre las manos.

Así de “duro”  e “implacable” era mi abuelo Juan.

Con frecuencia identificamos a la madre con la ternura, la comprensión, las entrañas de misericordia. Y al padre, con la firmeza, el deber y el castigo. Como si necesitáramos las dos caras de nuestros progenitores para reafirmar nuestro carácter desde niños.

Luego, cuando nos hacemos mayores aplicamos ese cliché a todas las facetas de la vida y jugamos a ser débiles como niños y autoritarios como jefes. Proyectamos la imagen de madre en nuestro lado romántico y frágil, pidiendo un seno donde reclinarnos, y nuestra fuerza de padre para aplicar la ley y la firmeza cuando nos conviene. Abroncamos al súbdito como un padre exigente y mendigamos a la mujer, al amigo o a quienquiera que sea pañuelos para nuestras lágrimas.

Sin embargo el padre es madre y la madre es padre. Hay teólogos que nos han ayudado a descubrir que, si Dios es Dios, también tiene que ser madre. Y el propio Jesús de Nazaret cuando nos muestra su fotografía de carnet de su Padre, no nos presenta al Dios del Sinaí sino al padre del pródigo que todo lo olvida y todo lo convierte en cariño y hasta en fiesta.

Nos ayudaría mucho reflexionar sobre la figura del padre, su imagen psicológica y real, los padres que somos y los padres que tuvimos, el padre que llevamos dentro y el padre que quisiéramos ser.

Quizás la tentación del padre en la antigüedad era convertirse en un tirano, por exceso de autoridad, por su encarnación autoritaria del “deber ser”. Hoy el riesgo es el otro extremo padre pasota o débil, que no tiene ni tiempo ni humor para dedicarse al hijo; o bien porque está separado de su mujer y apenas lo ve, o bien porque la sociedad permisiva, fijada en el placer inmediato, le impele a desentenderse, tolerar sin límite. Los hijos le superan, le pueden, le fastidian desde una generación que le resulta ininteligible.

Sin embargo al mismo tiempo las estadísticas muestran que los chavales de hoy vuelven a valorar el calor de su casa como el único refugio en medio de una sociedad fría y agresiva. Una situación que cada vez hace más vigente aquella frase de Schiller: “No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos”. Es esa nueva juventud que ahora llaman “generación Operación Triunfo”, que llora mucho y se abraza más.

Quizás la vida nos vuelva a enseñar ese principio olvidado de que la autoridad verdadera no viene del grito, la imposición, la educación severa, sino del amor. Ahora bien todo auténtico amor es exigente y fuerte. No por egoísmo, no para que el hijo sea un fenómeno, un trasunto reflejado del “superyo”, sino para apuntalar y dejar luego que el árbol crezca libre.

Todo eso me ha traído la memoria aquella hermosa bofetada de mi abuelo.

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Los diez mandamientos del 11 – S

  1. No creerás en el dios todopoderoso del mercado salvaje y del consumo sin entrañas.
  2. No creerás en el dios de la destrucción y la muerte que guía todo ciego fanatismo.
  3. No te sentirás seguro nunca más por construir torres financieras y soberbios imperios económicos.
  4. No te sentirás predestinado a nada volando a sangre y fuego, que quien a hierro mata a hierro morirá.
  5. Descubrirás que el agujero del vacío y hasta el hueco de los escombros está mucho más lleno que la arquitectura del poder sin entrañas.
  6. Descubrirás que el odio terrorista está cavando más y más la inmensa fosa que hunde y divide a los aterrorizados hombres de este siglo.
  7. Despertarás al calor de los otros, gracias al dolor que te ha hecho más humano, en medio del frío desolador de rascacielos como témpanos.
  8. Despertarás de la mentira de un falso paraíso con que envían a la muerte a sus mártires todos los locos fundamentalistas de este mundo.
  9. Creerás de una vez que en la fragilidad está la auténtica fuerza y que sólo de los pobres es el reino de los cielos.
  10. Esperarás únicamente en el Dios del amor y de sus predilectos, las víctimas y los pequeños de este mundo, que no saben de dinero, ni razas, ni religiones.
  11. Estos diez mandamientos se encierran en dos: Cualquier atentado o guerra se vuelve contra el hombre, único Dios visible;y jamás habrá paz duradera en este mundo sin el cultivo de la justicia.

 

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