Siempre hace buen tiempo

El cosmos y yo

Recuperar la serena armonía

Solo después de que el último árbol sea cortado.
Solo después de que el último río sea envenenado.
Solo después de que el último pez sea apresado.
Solo entonces sabrás que el dinero no se puede comer.
Profecía India

La ecología está de moda. Todo el mundo habla del calentamiento global, sus funestas consecuencias y la necesidad del concienciarnos frente al problema. Pero, como en tantas otras situaciones de riesgo que nos rodean, percibo más miedo que interés, más prohibiciones que oportunidades, más impotencia que posibilidades reales de solución.
Puede ser el mal ejemplo de los políticos, que se reúnen, hablan y hablan, pero no se atreven a poner freno al consumismo del pensamiento único que nos domina. Por otra parte, los ecologistas se han convertido en cierto modo y no sin razón en un colectivo también bastante agresivo que nos llenan la vida de discos de dirección prohibida. Atacan, por ejemplo, las centrales nucleares, pero cuando llenamos las laderas de nuestras montañas de energía eólica, dicen que hacen daño a los pájaros y la belleza del paisaje. La gente se agobia. ¿Qué hacer? Hay más negatividad que esperanza.
Se me antoja que la soluciones tienen que venir de una concepción natural y global de la Naturaleza. Es cierto que hubo un tiempo en que el ser humano, en su estadio primitivo, tuvo que luchar con ella para encontrar un lugar en sus valles, montañas, orillas y cavernas. Hoy sucede lo contrario. Parece que la naturaleza ha sido desplazada por el hombre. Entre ambos debería mediar un proceso para recuperar la armonía, ese equilibrio donde las cosas son para el hombre y no el hombre para las cosas.
La reciente huida de las grandes ciudades, aunque sea los fines de semana, el creciente deseo de alimentarse de productos no contaminados, la recuperación de pueblos abandonados, son síntomas de una inquietud justificada. En contacto con el paisaje parece nacer de nuevo aquel hombre que fue cuando en verdad era hombre y no «un-ser-útil-para», un instrumento más de la tecnópolis. Se restablece así un diálogo genesiaco. Adán vuelve al Paraíso. Eso explica que Antonio Machado dialogara con la Naturaleza: «La augusta confianza / a ti, Naturaleza, y paz te pido / mi tregua de temor y de esperanza / un grano de alegría, un mar de olvido». Le dejaba a San Juan de la Cruz «un no sé qué queda balbuciendo» y un deje de infinito al poeta Juan Bautista Bertrán: «A veces por las venas de las cosas / sube una luz azul cual de presencia». Se sea o no creyente, la Naturaleza tiene algo de sacro, de inaprensible. Nos inspira y nos abruma, nos redime y nos destruye.
Por eso es importante recordar la llamada del papa Francisco en la Laudato si: “La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia «no debe ser fabricada sino descubierta, develada”. (Punto 255)
Aunque parezca silencioso, nuestro entorno habla, chilla, se estremece, se está quejando de muchos abusos. Escuchémoslo. No es una llamada general y anónima. Es muy personal viene dirigida a mí en particular como miembro del género humano y responsable del futuro y a toda la comunidad humana, pues como dice un proverbio griego: «Una sociedad crece bien, cuando las personas plantan árboles de cuya sombra saben que nunca disfrutarán». Porque la Naturaleza nos enseña a salir del ego y disfrutar de nuestra verdadera identidad: el nosotros.

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