La edad del corazón

Un anciano entre don Quijote y Sancho, estatuas en Alcalá de Henares

Hoy se ha puesto de moda usar la palabra “viejo” como un insulto, y pensar que ser joven es un mérito, una cualidad. Como si el ser joven o viejo fuera evitable por la persona. En la antigüedad los viejos gobernaban la cosa pública. De ahí viene la palabra Senado, constituido por el consejo de viejos, que tenían la suficiente madurez y sabiduría para tomar las grandes decisiones de un país. La experiencia y el conocimiento adquiridos hacían de los viejos las personas más respetadas del lugar.

Hoy nadie quiere ser viejo. Es más hay algunos que rechazan la palabra “abuelo” o “abuela” aunque tengan nietos. La razón de esta actitud está a la vista. Vivimos una sociedad donde lo que se cotiza por encima de todo es la juventud, la forma física, la estética del cuerpo, el goce por encima de todo. No hay más que ver la tele, la publicidad, la escala de valores de la gente.

A los viejos se les arrincona, se les lleva al asilo, no se les tiene en cuenta. Sin embargo ¿quién no ha conocido viejos maravillosos, ancianos que transparentan una claridad interior que ya quisieran para sí muchos jóvenes? “Los cabellos blancos no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”, escribe Alfredo de Musset.

Es verdad que hay dos formas de envejecer: una en la que el corazón se deteriora porque no acepta el paso del tiempo, la proximidad de la inevitable muerte; y otra en la que el hombre parece aproximarse a otra juventud, la del despertar interior, la de la tolerancia y el conocimiento. Entonces, acercarse a un viejo es todo un privilegio, que se traduce en trasvase, crecimiento y alegría interior.

El paso del tiempo es el gran desafío para el hombre. “¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh cómo te deslizas edad mía!”, canta Quevedo en un maravilloso soneto. El río sigue su curso. No se puede parar. El arte de la vida está en saber adecuarse a la marcha del río, porque en cada momento los paisajes son nuevos, distintos. Y al final nos espera el mar, la plenitud. Cada año que pasa recuerdo aquel verso del poeta jesuita de origen navarro, maestro de poetas nicaragüenses, Ángel Martínez Baigorri:

Estoy alcazando la edad perfecta, eterno

Ojalá aprendamos un poco cada día a comprender a nuestros viejos y a saber envejecer, ya que ésta es una experiencia por la que tarde o temprano hemos de pasar absolutamente todos. Sí, también tú, jovenzuelo, que te ríes de tus mayores. Y antes de lo que te imaginas, pues como decían los viejos relojes de pared: Tempus fugit.

El arte de envejecer es el arte de no tener miedo. Porque el miedo es incompatible con el amor, y el amor es lo que hace feliz a un hombre.

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