La cuartilla en blanco

Nos pasamos la vida buscando en un mapa. Nacemos llorando porque acaban de arrojarnos a un mundo hostil, bien distinto del confortable líquido amniótico. Aprendemos para “ser alguien en la vida”, a encontrar nuestro camino en medio de una sociedad de competencias. Y, cuando, más o menos, parece que hemos alcanzado una cierta estabilidad en nuestro entorno, una mínima patria donde residir, comienzan los achaques, la cuesta abajo de las pérdidas, y el temor esencial del ser humano: ¿para qué la vida?, ¿dónde desemboca todo esto?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿por qué nunca acabo de alcanzar la felicidad plena?

No hay mapas. No venden guías para el viaje de la vida, ni existen cicerones lo bastante expertos que nos muestren eficazmente el camino. Por mucho que investigues o indagues en la filosofía, la ciencia, la teología, los maestros occidentales u orientales, incluso en la Biblia, la ruta has de encontrarla tú mismo.

Cuenta Anthony De Mello:

Llegó un dictador al poder, y el Maestro fue arrestado cuando, desafiando las normas de la censura, repartía octavillas en la calle.

Una vez en la comisaría, se comprobó que lo más subversivo que había en su mochila era un montón de hojas de papel en blanco.

« ¿Qué significa esto?», preguntó el agente de policía.

El Maestro sonrió y dijo: «La gente sabe lo que significa».

La anécdota se hizo tan célebre en todo el país que, años más tarde, no les hizo ninguna gracia a los sacerdotes ver al Maestro en los templos repartiendo hojas de papel en blanco.

Cuando nacemos, recibimos una cuartilla en blanco. Padres y madres se obsesionan con garrapatearla con signos, rutas, carreteras, ciudades, flechas, direcciones prohibidas, con el fin de inculcar a sus hijos sobre el camino mejor. Creces, e intentas romper esos papeles y buscar nuevos y más convincentes por ti mismo. Vienen los educadores, los políticos, los pensadores, los periodistas, los comerciantes, los líderes religiosos, todos empeñados en llenarnos el portafolio de más y más cuartillas.

Hasta que un día despiertas y descubres que el secreto se hallaba en el gran vacío del silencio, dejar la cuartilla en blanco para que finalmente escriba Dios.

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