Corazón de maleta

Estatua de viajero, Oviedo (PML)

A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida nos vamos desnudos.

Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillo de dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros, ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos, cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.

El problema nace de nuestra relación con esa maleta.

Hoy muchos transforman la valija en el destino del viaje. Confunden el medio con el fin. Es más se definen a sí mismos no por lo que son, sino por lo que llevan en el viaje, sus posesiones, lo que tienen. Ante la sociedad nos prestigiamos por la cualidad de mi casa, mi coche, mi forma de vestir, el puesto que representamos, en vez de por el sentido de mi vida, mis valores, mi último destino.

Esto vacía nuestra cabeza y nuestra alma. Nos convertimos en lo que buscamos. Tenemos alma de chalet, yate, acciones, automóvil.

Recuerda el papa Francisco que su abuela decía que las mortajas no tienen bolsillos y que detrás a los coches fúnebres no les siguen camiones de mudanza. Escribe Óscar Hahn :“A donde quiera que vaya / a donde quiera que me mueva / nada va a pasar / nada va a cambiar / porque me llevo a mí conmigo”. Y concluye: “Y si ese río va a dar a la mar / que es el morir / allá me voy con él. / Porque yo soy el río / pero también el mar”.

Quizás el arte de vivir sería llevar la maleta como si no fuera mía y poner los ojos en la estación o aeropuerto de destino. Mi infelicidad es miedo a perder. Mi felicidad es despertar al gran descubrimiento de que ya, aquí y ahora, todo lo tengo, que el río del viaje ya es mar, y que la maleta –mi éxito, mis propiedades, mi poder- no vale nada. Solo soy cuando dejo de ser. Y cambio el corazón de maleta por el de la plenitud de saberme ya recién llegado.

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