Las enseñanzas del buho

En las culturas más antiguas el búho es el símbolo de la intuición. Todo ojos, es capaz de ver en la noche y su cuello puede girar casi al completo sobre su cuerpo. Y no es casualidad que sea uno de los animales que más fascinan a los niños. Quizás por su aspecto de estar perennemente alerta.

En Occidente le hemos dado demasiada importancia al conocimiento racional, al pensamiento lógico-matemático. Pero los grandes descubrimientos, desde el principio de Arquímedes al apriori de Kant partieron de una intuición. Esta manera de conocer es directa, por connaturalidad, de golpe, y engloba todo el ser. Es el modo de conocer de los artistas, los poetas, los genios, los amantes. Suele ir acompañado por la emoción y producirse como si de pronto se rasgara algo, como una visión.

Es verdad que las intuiciones pueden ser erróneas y necesitan ser examinadas por la razón para evitar fracasos. Pero ¿quién sabe lo que le pasa al hijo mejor que una madre? ¿Y cómo lo sabe? ¿Qué mejor descripción de un atardecer que la de Juan Ramón cuando sale a caballo al campo de Moguer: “A caballo va el poeta / ¡Qué tranquilidad violeta!”.

También la captación de nuestro ser y su entorno se da en la espiritualidad por una conexión intuitiva con el centro. Te sientas, cierras los ojos, respiras y percibes tu energía en comunión con la energía del Cosmos, como parte del Dios en que alientas, estás, eres. Se dirá que eso es mística. Pues bien, todo ser humano tiene siempre algo de místico.

En este no pensar surge la luz, la gran paz, la felicidad que somos y hemos olvidado. Nos falta la mirada contemplativa, como la de este búho coreano en medio de la nieve. Contemplar sin pensar.

Nuestras angustias proceden sobre todo del análisis, que parcializa, divide, se queda en un aspecto raquítico. Lo mejor de la vida es inexplicable, se capta de manera sintética, como un paisaje, una flor, una mirada una sensación de “más” que nos abarca y transporta. Lo que sucede es que para conseguirlo, hay que salir como el búho en plena noche, acallar la mente, cerrar los ojos de fuera para abrir los de dentro. “Lo esencial -¿recuerdan?- es invisible para los ojos”.

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