“Converso”, un intento de filmar al Espíritu Santo.

“¿Puede filmarse el Espíritu Santo?”. Que esta osada pregunta se la formule un joven realizador en medio de un mundo secularizado y en una España de fuerte herencia anticlerical no deja de ser una audacia. Mucho más si el objetivo es plasmarlo a través de los miembros de una familia que, de la indiferencia, el agnosticismo y el ateísmo se convierte de pronto al catolicismo por distintos caminos. Pero todavía es más sorprendente que el documental  cautive, interese también a la crítica, incluso de izquierda, y obtenga diversos premios en festivales con asentimiento del público hasta lograr estrenarse en salas convencionales. No deja de ser extraordinario que en un país tradicionalmente católico de pronto serlo se haya convertido en noticia y unos conversos sinceros en curiosas especies insólitas que provocan la curiosidad de las gentes. Hasta ese extremo ha cambiado la sociedad española.

David Arratibel es el director navarro que, con un solo documental  hasta ahora en su haber, –Oírse, sobre los  acúfenos, que él mismo padece-,  nos sorprende ahora con Converso, título que hace referencia tanto a la “conversión” como a la “conversación”,los dos pilares que sostienen el film. Todo comenzó cuando David se decidió a grabar a su cuñado Raúl con la excusa del montaje e inauguración del órgano  pamplonés en la capilla de El Salvador. Lo que podía ser un film sobre música se fue convirtiendo en un documental sobre la fe. Quizás el hecho de David era el más externo al proceso de la extraña conversión de la familia, por su perplejidad ante el fenómeno y su agnosticismo, le sitúa en un fuera/dentro  muy conveniente para intentar explicarse qué había pasado entre los suyos.

Unos operarios montan un gigantesco órgano en una capilla. Así comienza la película. Una planificación que orquesta insertos de detalle del instrumento con sonidos del mismo da pie al organista a explicarnos cómo llegó a la fe: “Todos somos –nos dice– diferentes, como los tubos de un órgano, pero cuando por nuestro interior pasa un “aire” (el Espíritu Santo), emitimos un sonido particular”. Cada tecla, cada sonido tiene una resonancia en el alma.  En este contexto y con este supuesto místico van apareciendo los miembros de la familia que ha sido “tocada por el Espíritu”. El órgano va a ser pues la gran metáfora del film, y la música, sobre todo sacra, el hilo conductor hacia el misterio.

La magia de Converso nace de la espontánea sinceridad con que cada uno cuenta su proceso interior ante la cámara. Estos son: la madre de David, Pilar Aramburo;  María Arratibel, la hermana mayor;  su marido, Raúl del Toro, y  la hermana pequeña, Paula Tellechea. De pronto David descubre que sus familiares se abren  mucho más ante el objetivo la cámara que lo hubieran hecho en una comida doméstica. Y lo más curioso de todo, esa coctelera de sentimientos,  de descubrimientos y anécdotas personales desemboca en una especie de terapia o catarsis colectiva.

Con un precedente en la memoria, El desencanto  (1976) de Jaime Chávarri –incluso es citada durante el documental por la madre-,  la corrosiva película que desnudaba de forma demoledora a la familia del poeta Leopoldo Panero con sus mezquindades y vergüenzas, David Arratibel desentraña, aunque en las antípodas de aquel film, con bonhomía y en positivo, los caminos del misterio interior de una familia aquejada por una ausencia, la del padre.

El atractivo de estas confesiones reside en que no hay el más mínimo planteamiento confesional o apologético, ya que el sólito peligro de casi todos los films religiosos, o más bien seudorrelgiosos,  es que intentan “predicar” o son empalagosamente pietistas. Por eso el mejor cine religioso es el que ahonda en la  sed del hombre y  no pretende serlo. En Converso las palabras, aunque torpes, intentan entrar en la verdad de la propia experiencia. Se produce el fenómeno de mirar al otro por el ojo de la cerradura, y eso siempre despierta curiosidad y cierto morbo. Como radiografías dispares, van apareciendo las identidades psicológicas de los personajes en su descubrimiento de la propia fe: Desde la hermana menor, la más viva y emocional, al racionalismo del organista, hasta la madre que recoge bien la transición de un país que del catolicismo tradicional pasó por el compromiso posconciliar al político en el comunismo o CC.OO, otra religión que, desilusionados, también abandonoran. Junto a esta generación encarnada por Pilar, la madre que respondió al impacto del Vaticano  II y la increencia o indiferencia  con la irrupción de  la sociedad del bienestar, los hijos ya han sido solo culturalmente católicos. Por ejemplo, la hermana mayor encarna el itinerario del ateísmo a la creencia a través de un salto radical. En todos hay un denominador común: el proceso más que racional  o lógico es vivencial, es el de una intuición, la visión subjetiva del alma. La fe, viene a explicitar la película, se parece más al enamoramiento que el análisis filosófico o científico.

Quizás la frescura de esta obra venga de la pobreza de medios con que está hecha. Así lo reconoce su autor, admirador del cine documental  familiar, especialmente de los diarios del israelí David Perlov. Su realización ha sido larga. “Es una película –confiesa- muy espontánea, que se ha ido haciendo sola, que ha ido creciendo sola durante tres años. Sin apenas presupuesto, solo con la ayuda de [los productores donostiarras] Pello Gutiérrez y David Aguilar. Un móvil, una cámara. Mucha intimidad. Mi familia y yo, nadie más”.

El distanciamiento de David Arratibel ha permitido la presencia en el film de un sano factor desmitificador. Ha sido  un acierto que los conversos muestren sus perplejidades ante la institución eclesial, o que al final se revele el tema de fondo del conflicto familiar: la separación del matrimonio y la falta de explicaciones de la ausencia del padre muerto hace 20 años.  En realidad se trata de una familia en busca de un padre. Todo ello,  es curioso, contrasta con la aparición de elementos tradicionales como vehículos de la nueva y sorprendente vivencia religiosa. Por ejemplo, María, aunque atea, busca paz en un monasterio, pide un rosario, y tiene que preguntarle a un monje “cómo funciona” aquello. Luego llora ante la contemplación de la pasión de Cristo. En todos ellos la conversión aparece como una irrupción que los supera.

La realización, además de la fuerza  del plano parlante descarnado –nada hay en cine más lleno de matiz que un rostro humano sincerándose- viene subrayado por el gusto del encuadre de insertos y la música, que lleva en volandas esa espiritualidad que aletea detrás de la imagen. Se ha dicho que el cine, por su inmediatez  cósica, tan evidente en presentar la materialidad de la imagen, es incapaz de transmitir el espíritu. Pero no es cierto. Como todo arte depende de la capacidad de sugerencia. Tengo en la memoria, por ejemplo, un Ordet de Dreyer. Como en poesía, no  lo que se dice, sino lo que se calla o se oculta es lo que transmite “ese no sé qué que queda balbuciendo” de San Juan de la Cruz. Si se trata de cine explícitamente religioso o trascendente las mejores películas suelen ser las que carecen de agua bendita y pelucas bíblicas, y simplemente nos aproximan al misterio insondable del corazón humano.

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