Siempre hace buen tiempo

Hombres bomba

De cómo andamos

Hemos cumplido un año del funesto 11-S, y no hay otra palabra que defina mejor la situación presente que ésta: confusión. Cada día se aleja más de nosotros aquella división tópica y típica de indios y cow-boys, policías y ladrones, buenos y malos.

Es cierto que, desde apenas un año, fuerzas ciegas y fanáticas parecen ir apoderándose de la tranquilidad del mundo y nos siguen aterrorizando con las autoinmulaciones explosivas de Oriente Medio y la más reciente de Moscú. Ha surgido una nueva forma de terrorismo que es tan imprevisible como irracional, porque no solo mata a otros, desprecia la propia vida. Pero junto a estos nuevos kamikazes, dispuestos a convertirse en hombres-bomba, ¿está toda la verdad del otro lado? Las ambigüedades de Bush han rayado en la paranoia al llevar su pretendido oficio de gendarme del mundo a la pretensión de guerra unilateral. Y, aun aceptando que Irak sea un peligro potencial para la humanidad, ¿acaso no lo son los Estados Unidos manteniendo la deuda externa o pisoteando los derechos humanos de los presos de Guantánamo en situaciones que evocan las hitlerianas?

Es una locura conducir a explotar, como Sansón con todos los filisteos, a un hombre-bomba en un mercado de Telaviv. Pero la exterminación palestina a manos de los judíos con el apoyo de Bush tampoco deja de ser otro terrorismo, aunque en nombre del Estado. El grave episodio del teatro de Moscú se ha convertido en otra señal de alarma que se enciende en medio de un mundo que llamamos civilizado.

El magno atentado nos ha encogido el corazón. Pero, en la medida que comenzamos a recabar nuevos datos sobre el asalto y el gas utilizado, no cesan nuestros escalofríos. Si fuéramos consecuentes, cabría preguntarnos si Putin no es por lo menos tan peligroso como Sadam, pues oculta terribles armas químicas cuya composición desconocemos, pero que hemos comprobado que matan igualmente a santos y pecadores. ¿Cómo es posible que los familiares no puedan tener acceso a los cadáveres de las víctimas inocentes y ni siquiera a la lista de los enfermos? ¿Qué sabemos de los métodos utilizados por Putin en la represión chechena? Si Rusia fuera una democracia, el parlamento freiría a preguntas a un presidente que se cree un “zar” fuerte, pero ha dado pruebas de ser capaz de actuar al borde del exterminio. Si no, que hubiera al menos alertado a los hospitales del antídoto necesario.

Muchas preguntas sin respuesta. Quizás la peor de todas sea esa otra bomba, de la que casi nadie habla, la enterrada hace muchos años en los países débiles; la bomba del hambre, de la marginación y la carencia casi absoluta de recursos y, sobre todo, de la falta de educación, que a la larga es el más terrible explosivo. La cadena de atentados que venimos sufriendo a escala global es como la tapadera de una cacerola que oculta debajo un hervidero de injusticias. Por eso, el único futuro es de quienes trabajan en silencio por crear desarrollo y dialogar la paz.

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