Siempre hace buen tiempo

Un chalet en el cosmos

La humanidad acaba de estrenar un nuevo hogar en el espacio. Aunque ha sido noticia de primera página en algunos periódicos, aquí en la Tierra estamos demasiado preocupados con lo que tenemos delante de las narices para dar la importancia que tiene a este primer asentamiento internacional más cerca de las estrellas.

Hace unos años nos hubiéramos llevado las manos a la cabeza de ver juntos no sólo a rusos y americanos, sino a los habitantes de una ciudad internacional financiada por dieciséis países, entre ellos España, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Rusia. La llegada de la primera tripulación permanente de la estación espacial internacional (ISS) constituye un hito para la exploración y futura colonización del espacio. Doce billones de pesetas va a costar este complicado mecano construido a cuatrocientos kilómetros de la Tierra, laboratorio y base a la vez de nuevas exploraciones.

No es extraño que el director de la NASA, Daniel Goldin, asegurara haber asistido a «un momento maravilloso, no para América, ni para Rusia: lo ha sido para todos los que vivimos en este planeta»; ni que en tal ocasión no pudiera ocultar su euforia: «En lugar de apuntar misiles uno contra el otro o de competir entre nosotros, aprenderemos de cada uno».

Todo aseguran que la humanidad esta viviendo una jornada histórica: se pretende que a partir de ahora siempre haya algún humano en el espacio y que desde allí se investigue si la especie humana, así como otros animales, pueden adaptarse a lugares con condiciones físicas diferentes a las de la Tierra. Quieren en una palabra crear una ciudad espacial del tamaño de un campo de fútbol, con trece plantas, en la que haya de todo y no se eche de menos a la Tierra, aunque los rusos no saben si van a poder llegar hasta el final, previsto para el 2006, dada su precaria situación económica.

Contrastes de la vida. Mientras en el espacio comenzamos a fundar una ciudad internacional, la histórica ciudad santa de Jerusalén sigue siendo un infierno donde siguen sin poder convivir, judíos, palestinos y cristianos. Mientras invertimos billones de pesetas en esta sofisticado hogar espacial, dos terceras partes de la humanidad continúa sin poder alimentarse para vivir. Y mientras nuestro planeta se hace pequeño para nuestra avidez de horizontes y tiene que unirse en un única entidad para romper sus fronteras espaciales, un señor llamado Arzálluz y otros vascos del Neardental piden el separatismo porque tienen un Rh distinto de los demás y en el fondo albergan simpatías por los que matan a cualquier inocente en la calle con tal propósito.

Si simplemente subirse a un avión es ya una magnífica lección de relativismo por las dimensiones que cobran nuestras realidades cotidianas, ¿cómo se verán los problemas con la suegra o la bronca del jefe los habitantes de esta nueva ciudad espacial? Primero fue la revolución copernicana. El descubrimiento de que la Tierra no era el centro de nuestra galaxia devolvió al hombre un gran sentido de humildad. Ya los grandes místicos recuperaban su conciencia de polvo cósmico con sólo mirar las estrellas una noche de verano. «¡Qué pequeña me parece la Tierra cuando miro al cielo!», exclamaba en Roma el anciano Ignacio de Loyola.

Aunque parezca traída por los pelos, esta es una experiencia que tiene mucho que ver con la reciente polémica entre Juan Cruz y Salvador Pániker en las columnas de «El País». Éste pensador cristiano-oriental replicaba ayer la crítica que hacía Cruz de su libro Cuaderno amarillo por su tesis sobre la superación del «ego». Pániker está de acuerdo con que no se puede vivir sin «ego», pero piensa que es necesario trascenderlo, re-situarlo, vivir la vida como un testigo, desindentificarnos, en una palabra, con ese personaje esa careta que no somos para ocupar nuestro verdadero sitio en el cosmos.

Otros han hablado de conciencia cósmica, y Séneca decía que «cuando el sol se oculta para desparecer, se ve mejor su grandeza». El momento que vivimos de cambio de siglo necesita una nueva revolución, donde el ego ocupe su auténtico lugar, donde este pequeño hombre estúpido y engreído deje de mirarse el ombligo para recuperar su sitio en el universo. Si la ecología, la conservación del planeta, la solidaridad, las mareas migratorias, el arte, la poesía, las condiciones del futuro que forjamos y la superación de los nacionalismos nos importan un pito es porque una inmediatez egoísta y vulgar con sabor a prêt a porter de consumo instantáneo domina nuestra cultura.

Los astronautas que nos otean ahora desde la nueva estación espacial internacional no pueden mirar de esa manera. Como los esclavos que construían las pirámides o los obreros que levantaban las catedrales saben que ellos no verán muchos de los logros de esas bases que conectarán la Tierra de forma habitual con la Luna, Marte y otros planetas. Son eslabones de una inmensa cadena, como tú y como yo, como todo hombre. Ello ha de darles conciencia de su verdad, de su lugar en el mundo y en la historia. Cuando Teresa de Jesús decía que «la humildad es la verdad», no pretendía arrastrarse por el suelo sino ganar en objetividad. El potenciar la libertad y el derecho de las personas no tiene nada que ver con el protagonismo huero del famoso que hoy consagra la frivolidad como absoluta. Quizás nos ayude para todo echar una ojeada desde la ventana de nuestro nuevo chalet espacial a la inmensidad del cosmos.

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