Siempre hace buen tiempo

Morir de estupidez

«La saciedad engendra la desmesura», decía el sabio legislador griego Salón. Y creo que esta frase puede condensar bien el origen de plagas tan actuales como la anorexia y la bulimia. No proceden del Sahel o Calcuta; no se dan en el África subsahariana, ni aqueja a los inmigrantes hambrientos que llegan cada día a nuestras costas en pateras. Es un fruto de la saciedad, de la hartura, del consumismo desmesurado, de la aldea global y los modelos creados por un mundo aburrido y ahíto de sus propios productos. Tan hartos estamos que nos morimos de hambre.

La muerte de la actriz italiana Chiara Gentili, de venticinco años fue una nueva gota de agua que rebosó el vaso de una enfermedad que está devorando la vida de cientos de adolescentes y jóvenes. Y la peste del milenio se extiende. Los recientes datos, que ha aireado estos días nuestro periódico, son escalofriantes. En los países occidentales se estima que entre un 2% y un 4% de mujeres de edades comprendidas entre los 14 y los 23 años pueden desarrollar estas enfermedades. Un artículo publicado en el último British Medical Journal cifra entre un 5% y un 18%, dependiendo de los casos seleccionados y de los años de seguimiento de las pacientes, el porcentaje de fallecimientos entre las anoréxicas.

Diversos profesionales reunidos en un congreso internacional en Deusto aseguraron que la anorexia nerviosa es la más mortal de las dolencias mentales, con una tasa de suicidios «200 veces superior al índice general». En España hay medio millón de enfermas y la edad de riesgo se ha rebajado a los nueve años. Ayer denunciaba Diario 16 que hasta ahora no se han aplicado ninguna de las iniciativas que el Senado aprobó el año pasado para atajarla. Ni se regulan las tallas de vestir, ni se vigila médicamente a las modelos, ni se les impone una regulación de imagen, ni se ampara a las familias que se encuentran con este terrible problema que afecta a toda la persona, no solo física sino psíquicamente.

No hay que ser un experto para quedarse atónitos ante ese prototipo de femenino que siguen ofreciéndonos las pasarelas. El mundo de la moda niega tal responsabilidad y asegura que ahora potencian más las curvas y no apoyan ese estreotipo a lo Kate Moss, ojeroso, lánguido o demacrado. No es ciertamente lo que ven estos ojos que se van a comer la tierra. De hecho las adolescentes no tienen otro sitio para copiar que el cine, la televisión y la publicidad.

Sabemos que hoy hay terapia contra la anorexia y que evidentemente la Administración debe preocuparse de acelerar las medidas para atajar esta plaga, aunque, por desgracia, se ha comprobado que muchas de las personas tratadas siguen hasta diez años con el mismo problema.

Pero es como querer curar una gripe en medio del Polo. Como otros muchos síntomas de nuestra era los de la anorexia son reveladores de una infección más profunda. Tengamos por seguro que las muchachas que chupan las raíces en Costa de Marfil o en cualquier bohío de América Latina no mueren de anorexia. A partir de nuestro hartazgo -me decía una misionera recién llegada de África que tuvo que salir a vomitar después de visitar aquí en un hipermercado- , hay que estudiar cual es nuestra autentica escala de valores.

Y no es necesario remontarse a códigos de vida muy sublimes. Nos bastaría reflexionar sobre conceptos elementales de estética. Sin llegar a las abundantes carnes de Rubens, el canon griego de la Venus de Milo, por ejemplo, recreaba una belleza natural bien alimentada, en la que desde luego no afloraba el esqueleto como en las modelos de hoy. Es cierto que los criterios estéticos evolucionan. Pero los actuales parecen mitificar la enfermedad que evoca más la imagen de deportadas de un campo de concentración que personas normales.

Esta enfermedad e incluso su muerte autoprovocada que puede es un símbolo además de una galopante frivolidad. Mientras cientos de miles de personas mueren de hambre, aquí se muere de idiotez, dicho sea con todo respeto de esas pobres chicas enfermas. Porque ellas en realidad no son culpables de este contagio que comienza con una foto pegada al frigorífico de la modelo preferida y termina en locura de inanición. Tenemos la culpa los que hemos hecho de la comida, símbolo del compartir con alegría y amistad. Olvidamos que «convite» viene de con-vida y «por eso te convido, para regalarte con el alimento algo de vida». Hoy nos acercamos peligrosamente al «lunch» autista «made in America», tan solitario como el teléfono móvil o chatear por Internet.

La adoración a la marca nos impide comprar otro modelito, mientras nuestro subsconsciente, esclavo de la publicidad y la telebasura, se está haciendo tan superficial y harto que no ve más allá de nuestras narices. Dicen que a estas pobres muchachas el corazón se les queda pequeño, que a chicas de diecisiete años se les reduce como a niñas de siete y que se les retira la menstruación. Porque se les va la vida, quizás porque nadie ensanchó nunca los horizontes de ese corazón y se les ha quedado simbólicamente raquítico para los que le quede de vida. Por eso, la anorexia es un catalizador sociológico del momento, donde, por duro que parezca, hemos llegado a morir de estupidez. O en otras palabras, tan hartos estamos que nos morimos de hambre.

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