La careta

 

 

 

¿Quién eres realmente? ¿El que muestra tu careta o el que se oculta detrás? Vivimos en un falso personaje construido de cara a los demás, que cultiva la apariencia y que identificamos con un falso yo que no soy yo. Aparentamos suficiencia, destreza, relaciones, poder, influjo, belleza, inteligencia, méritos, cultura, educación. Pero luego somos realmente ese niño auténtico que hay detrás del cartón piedra, frágil, hecho de luz, que es de verdad sólo cuando se siente parte de un todo y abandona los ridículos protagonismos de la careta. ¿No era eso lo que quería decir Jesús con “renunciar a uno mismo” y el “hacerse  niño”? ¡Qué agil y libre se va por la vida sin las molestas caretas!

vía Pedro Miguel Lamet.

Melancolía

 

 

Decía Aristóteles que “todos los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía, en la ciencia, han sido melancólicos”. Quizás porque cualquier hombre con porosidad a la  vida y un mínimo de sensibilidad  hacia el misterio capta que aquí no lo tenemos todo, que vamos de paso y que la melancolía es como “un alivio del luto del sentimiento”. El banco, las flores, la farola y el pueblo dormido del paisaje tienen un deje de esa languidez y sabor en el alma que dejan las cosas quietas. A veces nos entra melancolía porque no somos capaces de parar el tiempo y contemplar el silencio. Si continuáramos en esa contemplación, quizás intuiríamos detrás una inefable zona de alegría.

 

vía Pedro Miguel Lamet.

La vela pasa

 

 

Hoy, acodado frente al mar, he vuelto a leer los versos de Manuel Machado: “Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada…. /¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar, y no pensar en nada!”.Porque cuando nuestra mente le da vueltas a las cosas las estropea. En cambio la pura contemplación desde el silencio nos sitúa en la verdad de un ahora que taladra el infinito. Pues el mar es una copia del cielo, el de Juan Ramón: “Oh mar, cielo rebelde / caído de los cielos!”. Y la vela, como canta Pemán, un símbolo de nuestro paso por la vida: “Igual que pasa una vela / llena de sol sobre el mar, / pasó dejando una estela / de gracia y luz al pasar”. La vela pasa y el mar de Dios, en el que nos movemos y somos, siempre nos queda.

vía Pedro Miguel Lamet.

Pintar mi vida

 

¿Cómo es el mundo? ¿Tal como lo veo, o como lo ve el pintor en sus trazos difuminados y sus colores impresionistas? “Decir al pintor que la naturaleza debe ser tomada como es, es como decir al pianista que puede sentarse encima del piano”, decía el escrito inglés Whistler. Pone, por lo tanto el artista mucho de sí cuando pinta. El paisaje puede ser triste o alegre, plano o lleno de horizonte, angustioso o liberador. Incluso incomprensible, como sucede en los cuadros abstractos. Recuerdo haber leído en la vieja revista “La Codorniz” que “lo malo de la pintura abstracta es que hay que molestarse en leer el título de los cuadros”. También en cierto modo, sin lienzo ni caballete, cada uno de nosotros pinta un cuadro al vivir. Reflejamos el mundo que nos rodea pasado por nuestra alma y se lo devolvemos a los demás como una interpretación personal de la vida. ¿De qué color es nuestro cuadro? ¿Una obra arte o un garabato? Depende de cómo sepamos mirar nuestro paisaje, las personas y los acontecimientos que nos rodean y mostrarlo luego en nuestra actitud y sobre todo en nuestras obras.

 

La catedral de un solo hombre

 

Esta es la catedral de un solo hombre. Se encuentra en Mejorada del Campo, a veinte kilómetros de Madrid. Su constructor se llama Justo Gallego, un campesino de ochenta años al que la tuberculosis no le dejó ser monje. En los terrenos que había heredado de su familia decidió, hace cuarenta años, construir el sólo una catedral con materiales reciclados: ladrillos, bidones, tuberías, ruedas de bicicleta. Sin planos, sin permisos de nadie, sólo con el ideal dibujado su cabeza ha construido un eco-templo original y desafiante dedicado a la Virgen y curiosamente en una calle que se llama Antonio Gaudí. En la web oficial de Mejorada no se menciona a don Justo. Sin embargo el tema tiene sitios en Internet en inglés y alemán hasta que un anuncio de Aquarius lo dio a conocer en televisión. Luego se ha vuelto a olvidar. Las autoridades civiles y eclesiásticas no saben qué hacer con la catedral de don Justo. Él dice que es una cuestión de fe y de constancia. Cuando fui a visitarlo me dijo: “No lo entendéis porque perdéis mucho el tiempo en tonterías”. A él la guerra civil no le dejó estudiar. Pero un hombre es del tamaño de su sueño; no de sus estudios, ni de sus papeles o permisos, ni siquiera de que le hagan o no caso los demás, que en Mejorada le llamaban “el loco”. La “locura”, el sueño de Justo es mayor que todo eso, es del tamaño de una catedral.

 

 

 

 

 

Cuando llega la primavera, la tierra parece gritar con toda su alma: no llores más, porque tus lágrimas cayeron en mí dando mucho fruto. Suelta tu abrigo, apaga el fuego y corre a saltar por los campos porque tu vida hacia dentro se transforma ahora en floración hacia fuera. El gris de tu nublado se viste de color, y el miedo a la borrasca en el estallido de la alegría. No hay primavera sin invierno; pero en medio de la estación inclemente ya vivía soterrada toda esta explosión de júbilo. ¿Acaso has olvidado que nada se pierde, todo existe a la vez y solo hay un ahora infinito? ¿Por qué entonces pasas tan fácilmente de la alegría a la tristeza, de la euforia a la depresión? Podrías, si quisieras, vivir en paz siempre desde ese fondo, con todo tu ser vestido de primavera

Pescador contemplativo

 

Cae la tarde y el pescador espera en silencio. Su paciencia se parece a la del mar, que besa la orilla incansable como la armonía de su música, su remoto bramido, que acuna al tiempo. Decía Papini que “muchos pescadores de caña no son más que filósofos disfrazados para pasar inadvertidos antes los imbéciles”. Quizás porque la gente no admite a los contemplativos puros que “no hacen nada útil”, y parecen perder el tiempo mirando al mar. En una sociedad dominada por nerviosos deseos utilitarios contemplar equivale a perder el tiempo. Por eso, caña de pescar en mano, el contemplativo resulta más tolerable. “Al menos está ahí para algo”, pensarán. Olvidan estos nuevos imbéciles que contemplar es ser.

Amor y crepúsculo

 

Reconozco que me ha salido cursi la foto. Parece una postal de esas que venden junto a la playa en los puertos de mar. Pero no está tan mal, si se tiene en cuenta que no avisé a la pareja para que posara, y que el amor siempre tiene algo de puesta de sol A mí esta foto me evoca la doble índole de fugacidad y fuego del amor. “Por lo que tiene de fuego suele apagarse el amor”, dice Tirso de Molina en “La villana de la Sagra”. Pues bien casi prefiero aquella otra: “La distancia y las dificultades son como el viento que apaga a los fuegos pequeños y a los grandes aviva”. En realidad amor es lo que queda cuando pasan la puesta de sol, el verano aquel, el romanticismo, la pasión, el sexo, la belleza física, la juventud y hasta la vida. El amor de veras permanece dentro aunque desaparezca su espejo, el ser amado.

 

 

 

 

Azul en el azul

 

Está quieta la barca azul en medio del azul del mar. Y al contemplarla, por un momento no llegas a saber con certeza dónde acaba ella y dónde comienza el mar. Contemplas en el océano y en la barca un trasunto de tu vida. A veces zarandeada por marejadillas y tempestades. En otras ocasiones, como esta, serenamente acunada por leves olas y la brisa acariciadora de la tarde, que parece mimarla como a una niña chica. La barca sin mar no es nada, sino leño muerto. En el mar está su ser y su vida. Pobre barquichuela mía, recupera tu identidad azul, piérdete en tu mar, redescubre que sólo serás plenamente en el seno de lo absoluto, cuando, aceptándote frágil y llena de horizonte, dejes de intentar bogar contracorriente, cuando comiences a ser azul en el azul.

Nana para un vagabundo

 

No eres un querubín, ni un niño, ni un bendito, ni un inocente. No es hora de dormir, sino mediodía. No estás en tu cama, sino en la puerta de una iglesia de Guadalajara, por más señas. No tienes pudor de quedarte frito así a la intemperie, y te importa un bledo qué puedan pensar los viandantes. Probablemente te ha inducido al sueño una o dos botellas de tintorro peleón. Pero estás solo, posiblemente nadie te quiere -quién sabe si te lo has ganado a pulso-, y eres lo que la sociedad llama un vagabundo, un sintecho y un marginado. Pero se me antoja que tienes sentido del humor como para atarte la bandera española en la pantorrilla derecha, y que añoras de noche tu pedazo de infinito. Por todo eso y porque eres querido del buen Dios, único, genial e irrepetible a sus ojos, te canto mi nana, nanita ea.