El hombre del saco

Dice Pablo que somos espectáculo ante Dios y ante los hombres. El showman de la foto, además de hallar una forma de supervivencia durante la crisis, se ha convertido en estatua de barro en medio de los curiosos viandantes. Ha elevado a mimo la miseria, la sumisión, la terrosidad del obrero explotado. Su estampa parecería responder a  tiempos pasados, anteriores a la globalización y la tecnocracia. Pero por desgracia no es una imagen de barro, sino de carne y hueso, tan  real  como que vive en los países en vías de desarrollo, en muchos de nuestros inmigrantes y en una sociedad donde los más pobres y débiles –hasta niños y mujeres- llevan sobre sus hombros el saco de los desperdicios de nuestro bienestar. Hoy se habla, sí, de solidaridad y ONGs; pero muy poco de justicia, previa a cualquier paliativo o caridad.

 

La Virgen del retrovisor

Dos maneras hay de mirar: la del que captura cuanto ve, convencido de que está viendo la realidad misma, y la del que contempla el mundo como una imagen, una película, algo que pasa y no tiene consistencia. Este espejo retrovisor de  pueblo, fotografiado en el momento exacto en que transcurre ante él una procesión de la Virgen, ayuda a mirar el mundo desde fuera. Vemos, dice San Pablo, “como en un espejo”. Eso quiere decir que no estamos viendo sino un reflejo de la verdad, como Platón ya intuía en su mito de la caverna, el “maya” o apariencia de los orientales. ¿Por qué apegarnos pues a este fluir de este mundo? El paso de la procesión es sólo un instante en nuestra retina, como en el espejo. Nos queda la emoción de haber visto pasar a la Virgen por las calles del pueblo entre flores y devoción de la gente sencilla. Todo pasa. Nos queda el mirar, esa luz interior que no se lleva el tiempo.

 

Mi diosa ni princesa

¿Es ésta la Virgen, nuestra Señora? ¿O una princesa? Nuestras buenas intenciones de coronar a María como reina nos han llevado a vestirla de seda, oro y piedras preciosas. Esta imagen, que se venera en una parroquia de Zamora, evoca un sofisticado prototipo femenino hasta en las cejas, que se dirían depiladas, y el fulgor de los pendientes. Hermosa, femenina, encantadora debió ser sin duda la joven de Nazaret, pero con la belleza fresca de una muchacha de aldea, algo tímida quizás, vestida con el burdo paño de las galileas e inmersa en las rústicas faenas de moler el trigo, amasar el pan y barrer su casa-cueva. Es lógico que sus hijos la ensalcemos con tronos, altares y coronas. Pero hasta en eso somos torpes. ¿No corremos el riesgo de olvidar su humilde “sí” de silenciosa esclava o su eufórico canto a favor de los pobres y olvidados de este mundo? El reinado de María no es otro que el de las bienaventuranzas de su hijo Jesús.

 

Amor y presencia

Como si fuera otro afloramiento de su parque geológico, el pueblo turolense  de Aliaga se confunde con la montaña en una zona donde se pueden leer escritos en la tierra doscientos millones de años. Hay lugares como este donde el tiempo parece quedar suspendido entre los pliegues de los siglos y donde te sientes parte de un proceso del que desconoces su principio y su fin. Entonces, para evitar el vértigo, lo mejor es cerrar los ojos y sentirse, como sus calles medievales, su puente romano, su ermita, cobijados en el valle, como en  las manos de Dios, él único que puede arropar nuestras incertidumbres, este abismo de debilidad, el enigmático transcurrir de la historia.  Al instante descubres que, lejos de provocar miedo,  todo es un canto de amor y presencia.

Agua que sueña

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. En cambio  la instantánea de esta fotógrafa pretende detener el agua, como mi cámara  a su vez encuadra ese deseo. Pero la foto, que cristaliza tal flujo, es solo una ilusión, pues somos ríos que van a dar a la mar que es el morir. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo. Por eso  es hermoso contemplar el paso del agua y aprender a fluir con ella, disfrutar del momento y no apegarse a él,  sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en Dios. Y, mientras tanto, soñar con ella, como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, /  tu pasar es tu quedar”.

El sacramento de la maceta

Barro , piedra y un humilde cordel. Es todo lo que necesita el decorador rural para alegrar la calle del pueblo. “Esparcirán sus olores / las pudibundas violetas / y habrá sobre tus macetas  / las mismas humildes flores: / la misma charla de amores / que su diálogo desgrana / en la discreta ventana, / y siempre llamando a misa / el bronce, loco de risa, / de la traviesa campana”. ¿Hace falta más para evocar el regreso al lugar de la adolescencia que esta estrofa de “Viaje al terruño” de  Ramón López Velarde? Olor, sonido e imagen despiertan el recuerdo dormido hasta recuperar la vivencia. Las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en sacramentos.  Porque es cierto que todo fluye, y sin embargo también todo queda.  El tiempo se para en el álbum de fotos que llevamos dentro; y eso, aunque no lo creamos, nos conecta directamente con lo indecible.

Como antorcha en la noche

Como una antorcha en medio de la noche de Jueves Santo de la localidad de San Clemente (Cuenca), avanza el Cristo entre las viejas piedras iluminando al tiempo dolorido. La sangre del inocente, arropada de rojos capirotes, es fuego que libera y cauteriza, llama de amor viva que atraviesa las tinieblas y funde a todos, tras el anonimato de los antifaces, en un mismo amor. Pasan los años, las generaciones de penitentes, los hijos de los hijos de los renacentistas que ornaron la villa,   y  el Crucificado, como una espadaña en medio  de la plaza, sigue ardiendo en las conciencias. Su voz desde lo hondo de la garganta seca continúa gritando a este mundo con la voz de todos los que sufren y anhelan ser liberados: “Tengo sed”.

En vos confío

 

Las carreteras se han vuelto agresivas y peligrosas. Pese a las multas, pérdida de puntos y campañas de tráfico, cada fin de semana se convierten en sepultura de cientos de personas  que dejan su vida en una curva o un adelantamiento. Lo tienen aún más duro los profesionales del volante, como los camioneros, que día y noche han de afrontar múltiples riesgos para ganarse el pan. El de la foto no se avergüenza en proclamar que Jesús, que dijo “yo soy el camino, la verdad y la vida”,  es su compañero de viaje. No sólo lleva su efigie bien grande junto a la puerta, sino también su sagrado corazón. Como si su cabina predicara por las carreteras aquella jaculatoria eterna: “Corazón de Jesús,  en vos confío”. Ante tantas agresiones como provocan la crisis, la competencia, la falta de trabajo, las enfermedades, las guerras,  y el miedo al futuro, ¿qué eslogan, qué rostro llevamos nosotros grabado en el alma para el camino?