La tienda de la Eufrasia

La señora Eufrasia ha abierto su tienda. Ha sacado manzanas, calabazas y tomates a la puerta de su casa, y se ha puesto a vender al sol, sin más publicidad ni más marketing que el vivo color de su mercancía, su abierta sonrisa y su atiplada voz pregonera. Acribillados de reclamos, no respiramos en la gran ciudad. La mercadotecnia se ha convertido en una carrera a ver quién engaña más. Basta con leer la letra pequeña de los anuncios de bancos y compañías telefónicas. Siempre pagas más de lo anuncian, si es que no tienes que habértelas con una máquina virtual que no te contesta o te da plantones después de cobrarte la llamada. ¡Ay, me quedo con la tienda rural de la señora Eufrasia, con su cháchara al caer  la tarde, su distendida manera de vender los humildes frutos que ha cultivado con mimo en el huerto de atrás, su modo de regatear y dejar pasar el tiempo! ¿Acaso comprar y vender no es un rito entre seres humanos?

El andén

Me iré en el primer tren / hacia el amor sin fin de la distancia”. Ella, sentada al borde de la vía, espera su tren,  porque los trenes son como brazos alargados para abrazar un sueño imposible. Cuando los vemos pasar de lejos, se llevan un pedazo de nuestra alma en busca de no se sabe qué  felicidad: la ciudad remota, el país de los sueños, la vida cabalmente alcanzada, que siempre parece estar muy lejos, en una estación y un país a kilómetros de distancia. Ella espera al tren. ¿Quién le espera a ella? Ignora que lo más lejano está cerca y que el mejor destino del viaje está dentro. Donde vaya, se llevará su alma consigo. “Luego, el tren, al caminar, / siempre nos hace soñar”, canta Machado, mientras olvidamos que el abrazo y la alegría están aquí, y el mejor tren de nuestra vida ya ha llegado. Próxima estación: tú mismo.

La pesca milagrosa

-Con esos precios, Pepe, ya no hay quien compre pescado.
-¿Qué quiere, señora?  Estos son de verdad, no de piscifactoría.
-¿Le pongo salmonetes?  Mire, están vivos.
-Lo del euro, Pepe, es una ruina… Antes con quinientas pesetas una tenía para todo.

La señora sacó sus monedas y se llevó el brillante don de la mar. ¿Qué pagó? ¿La dura noche de brega de los pescadores? ¿Los gastos del armador? ¿El porcentaje de los intermediarios y transportistas? ¿La pequeña diferencia que le queda al pescadero? Todo eso pagó, pero nunca el regalo libre de  la plata escurridiza que nada en las aguas profundas, el misterioso y plurimórfico  secreto de vida que oculta el mar. Y es que, sin darnos cuenta, nos hemos habituado al milagro mejor, el de cada día.

 

La soledad del poeta

Al poeta lo han sentado en la calle, junto al velador de un bar. De bronce, ya no siente; no se estremece ante la fugacidad de la rosa, ni canta a los ojos de la amada, ni sufre por dar a la imprenta sus nostálgicos versos o ganarse la vida mediante el mal pagado quehacer de la pluma. Sus conciudadanos le han hecho una estatua para recordarle. Pero ¿quién se detiene del vértigo cotidiano para leer sus poemas y escapar con su palabra abierta a los espacios infinitos? ¿Quién compra hoy libros de poesía? Los turistas se sientan junto a su mesa, en la que él puntualmente sorbía una taza café y leía el periódico con su gabán raído y sus ojos soñadores perdidos en una calle hoy repleta de automóviles y frenesí. Incluso se hacen fotos a su lado para mostrarlas luego en Londres o  Copenhague. Pero él sigue estando solo, como estuvo en vida quizás incomprendido o tenido por loco por tantos que hoy como ayer consideran inútil soñar y cantar este misterioso fluir de la vida.

El desierto

La arena del desierto puede ser elocuente y llena de matices para el que sabe mirarla. Charles de Foucauld aprendió de ella el amor al silencio, que se produce sobre todo en presencia de un  vacío que se percibe lleno. Descubrió, viviendo como un beduino en  los perdidos tuareg, que no era necesario hablar para predicar, sino estar testimonialmente, gritar con la vida silenciosa. En el desierto no hay que cerrar los ojos para ver bien. La naturaleza los cierra por ti. Hay personas que saben crear su desierto en medio del tráfico y el ruido de la gran ciudad; saborear ese hondón de dentro y recuperar la paz desde una nada, que como decían los grandes místicos,  desemboca en el todo. De pronto como por encanto aparecerán huellas, un camino no roturado en medio de la arena.

La caída

A hombros,  los vecinos de Moya, un pueblo en ruinas situado en el marquesado del  mismo nombre en Cuenca, suben al Cristo de la Caída entre los cascotes de tiempos pasados a lo alto del cerro. Portan como su tesoro a  un Dios débil, hecho a nuestra imagen y semejanza, que apoya su mano en una piedra para levantarse una vez más. Han pasado los siglos. Las viejas glorias, castillos, mansiones y conventos, son solo  vestigios de piedra, cascotes de una arrumbada historia de esplendor. Sólo el Cristo parece perdurar en un pueblo habitado de sombras. Sólo Él vuelve a resucitar cada año recortándose sobre el azul, recordándonos que no hay desgracia, ni dolor, ni miedo, ni  caída de la que no nos podamos levantar para comenzar de nuevo y reconstruir la casa que no destruye el tiempo; la del alma que cree y amanece cada día desde la fe en su palabra: “Yo soy la resurrección y  la vida”.

Un disco exótico

De pronto, entre los discos de dirección prohibida, límite de velocidad, paso de cebra y próxima rotonda, como una sorpresa, esta flecha que señala al viandante dónde están las velas. Por supuesto pertenece a un santuario, y más en concreto a Fátima, donde la gente compra velas  al por mayor para llevárselas a la Virgen. Pero ¿qué tal estaría que en la ciudad nos pusieran algunos discos de estos indicándonos dónde encontrar algo de silencio, un rincón de paz, una mirada de cariño, una mano tendida, cualquier sonrisa de comprensión? Los discos de tráfico evocan atascos, el sonido del claxon, la prohibición de aparcar, la tensión de llegar a tiempo. Esta señal en cambio, tan sencilla y pacífica, sugiere el fuego de una candela que hemos de tener encendida para  cuando llegue el esposo; que Jesús vino “a traer fuego a la tierra”; que se definió a sí mismo como una luz que al mismo tiempo es camino y vida. O simplemente esos ratos eternos en la penumbra de la iglesia intentando ser una chispa o al menos un pabilo humeante que lucha por permanecer encendido en medio de la oscuridad.

Tengo sed

“¡Agua, no huyas de la sed, detente!”, verso de Gorostiza que me viene a la memoria al contemplar la concentración con que este chaval  bebe esa frescura que bendice sus entrañas. No hay que buscar agua  bendita para apagar la sed. Toda agua es bendición; compone más del noventa por ciento de nuestro cuerpo, hace germinar los campos, es el futuro de la humanidad. Llenó para siempre el cántaro de la Samaritana; viva, salta de nuestro propio manantial hasta la vida eterna, y ni un humilde vaso ofrecido al caminante quedará sin recompensa. Hoy el agua, dicen, es un bien escaso, que pone de actualidad el dicho popular: “Agua que no vas a beber, déjala correr”, o mejor no la malgastes. Pero sobre todo el de un Cristo sediento que desde lo alto del monte vuelve a gritar: “¡Tengo sed!”, una sed de otra agua que se perpetúa en tanta garganta reseca. Agua, no huyas de la sed del mundo.

Todo el mar para ti

La playa está desierta y el mar es para él solo. Quizás dentro de un rato venga la invasión de bañistas y con ellos los gritos, las meriendas, la falta de silencio y sitio para escuchar y contemplar el mar. Mirarlo es evocar la urgencia esencial de horizonte, su ansia de infinito. Escucharlo, oír la nana universal con que el universo  nos invita a descansar y armonizar nuestros sonidos interiores con el Sonido primigenio. Móvil y quieto, repite la estrofa que declama el tiempo en su fugacidad y permanencia;  verdiazul,  el cambio continuo de nuestra policromía interior.  Si paramos un instante, respiramos hondo, y fundimos nuestra conciencia con ese mar de todos y mío entero, quizás descubramos, que, sin saberlo, siempre lo habíamos llevado dentro.

El vuelo de la gaviota

“Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista –le dice el maestro Chiang a Juan Salvador Gaviota-,  debes empezar por saber que ya has llegado…  El secreto, consistía en que Juan dejase de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo limitado… El secreto era saber que su verdadera naturaleza vivía, con la perfección de un número no escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio y del tiempo”.  El secreto para volar alto en esta vida es descubrir que, por encima de las limitaciones aparentes del cuerpo, la vulgaridad,  el sufrimiento, las pequeñeces de cada día, lo tenemos ya todo, aunque no nos demos cuenta, como hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Que dónde está esa naturaleza perfecta? En un rincón profundo donde todo anda bien, donde no hay dolor ni muerte, sino  espacios infinitos. ¿Cómo alcanzarla?  La tenemos, somos parte de la luz,  lo que pasa es no la sentimos. ¿Cómo sentirla? Permitiendo que, gracias al silencio, la quietud perfecta del dentro aflore y unifique todo el ser.