Cómo curar la herida

Decía Oscar Wilde que “el dolor es una herida que sangra siempre cuando la toca cualquiera mano que no sea la del amor; y, si esta la toca, sangra, si bien no es tanto el sufrimiento”.

El director de MAS ALLÁ me pide que toque la más sangrante herida que ha sufrido este país en su historia contemporánea con la mano dulce de la terapia, a ver si podemos integrar tanto dolor. Pero mucho me temo que la herida seguirá sangrando y tardará mucho en cicatrizar.

Sólo se me ocurre tocarla con la mano del amor, la única que nos puede salvar del odio, de la xenofobia, de la revancha y, sobre todo de la amargura.

Tengo clavadas, supongo que como cualquier madrileño, las imágenes del fatídico 11-M, que sólo se diferencian del no menos horroroso 11-S en que aquí lo terroristas, que no  conocen otra dialéctica que la del espanto, cortaron las venas a la España trabajadora y joven que desembocaba en la capital en madrugadores trenes de cercanías.

Madrid lloraba, pero con una sobriedad pasmosa. Madrid se volcó con sus heridos,  pero sin desmelenarse, sin gritar, con la amorosa mano de la rapidez y la eficacia. Madrid veló sus dos centenares de muertos sin diferenciar raza, color, edad o procedencia, con un silencio contenido de plegarias y una vigilia de temblorosas velas encendidas.

Luego vino el día después, tan difícil, sin él, sin ella, sin padre o madre, con el agujero de la ausencia. Vino la hora de tragarse las lágrimas mientras la vida sigue. Y la gran pregunta: ¿Qué nos espera en nuestro país? Seguiremos siendo objetivo terrorista internacional. ¿Servirá este mar de sangre para ahogar definitivamente el absurdo odio terrorista de ETA?

¿O haremos crecer entre nosotros un nuevo y absurdo odio xenófobo y racista?

Creo que la respuesta está en cada uno de nosotros. Para mí está en la pasión del pueblo, en la dignidad con que ha llevado hasta ahora esta cruz inesperada, en el impulso de solidaridad con que las manos más dispares se han estrechado frente a esos trenes tranformados en tumbas.

Los terroristas deben ser castigados con toda la fuerza de la ley, sí. Pero sería un terrible error responder como ha hecho Israel contra Ahmed Yassin, el líder de Hamas, exterminado junto a siete personas más en un asesinato de Estado. Lejos de detener el río de sangre, ese atentado “legal” engendrará más muerte y fanatismo.

Dicen que los pequeños dolores blasfeman y claman al cielo, pero que los grandes ni blasfeman ni gritan: escuchan. Esta es la experiencia que hemos vivido en Madrid tras la matanza y la increíble manifestación y la fuerza de las urnas, que no hay mayor fuerza que la unión y el silencio. ¿Qué hemos escuchado los atónitos españoles y madrileños estos días? Quizás que una mano, la del amor, es la única que puede curar la herida.

(Publicado en la revista Más allá)