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Desde que tenía veinte años vengo publicando artículos, sobre todo como periodista en periódicos, emisoras y revistas. Mis comentarios de actualidad los hago hoy desde mi blog El alegre cansancio en el portal 21rs. Aquí encontrarás una selección de ellos

Jesús visita un campo de refugiados

El viento huracanado zarandeaba la arenisca de la playa de Lesbos. A una milla de distancia diversas zodiacs hinchables luchaban contra un mar embravecido, donde familias de refugiados sirios se debatían entre la vida y la muerte. Un puñado de pescadores griegos lanzó un cabo desde su barcaza a uno de los botes a punto de desinflarse y ser engullido por una ola gigantesca. Gritaban:

–¡Salvadnos, que perecemos!

El patrón, de barba negra y ojos profundos, vestido con un chaleco color butano y un gorro de punto calado hasta las cejas, exclamó:

–¡Vamos, remad más fuerte!

A duras penas consiguieron arrastrar la débil embarcación hasta la playa. La imagen que se encontraron no podía ser más desoladora: Jóvenes voluntarios de Médicos del Mundo practicaban la respiración artificial a un naufrago, mientras otros cubrían con mantas los cadáveres de varios niños que no lograron superar el desembarco.

Exhaustos, después de una agotadora jornada, los doce pescadores encendieron una fogata junto a una casa en ruinas. El patrón les dijo:

–Roto el timón, sin agua y sin alimentos, veo a estas gentes como navegantes sin rumbo, ni norte ni puerto. ¿Qué puedo decir de esta generación? ¡Ay de quienes los han arrojado a tal estado! ¡Ay de ti, Europa, que les cierras las puertas y les niegas la vida! Yo envié en un tiempo a estas playas a mis primeros apóstoles para sembrar la Buena Noticia de amor y bienaventuranza. Me construisteis iglesias, sí, pero también fundasteis naciones para enriqueceros, y después de luchar entre vosotros, acabasteis entregados al dios que llamáis “estado del bienestar”. Habéis convertido el continente en un castillo inexpugnable, un recinto cerrado con muros y empalizadas, un mercado pendiente de los movimientos de la bolsa y las primas de riesgo, en función de vuestro propio egoísmo. Creasteis una moneda única para engrosar vuestras arcas, pues almacenáis en bancos el dinero de todos, o promover multinacionales que explotan a los más desfavorecidos de los países pobres. Pero ¿de qué os servirán vuestras abultadas cuentas bancarias cuando se presente el implacable ladrón en la noche?

Un marinero llamado Andrés preguntó:

–Pero, ¿no tienen al Papa y los obispos para recordarles lo que tú les enseñaste en tu primera venida?

Ay, Andrés, muchos se han olvidado del mar, la pesca y las noches de brega. Y al actual sucesor de Pedro, que, fiel a mí, clama por estos desvalidos, no le hacen caso. Es una voz que grita en el desierto del consumismo. O bien le llaman “populista” y “comunista”. Ha pedido que se reciba a los refugiados, pero Europa hace oídos sordos, se limita a poner parches a tamaña tragedia. Ha criticado sin rodeos un sistema que “descentró a la persona”, colocando en el centro al “dios dinero”, y ha abogado porque la Iglesia no se cierre en sí misma. “Si una iglesia, una parroquia, una diócesis, un instituto vive cerrado en sí mismo, enferma”. Está en contra de convertir los monasterios vacíos en hoteles para obtener recursos, cuando estas gentes no tienen donde reclinar la cabeza o mueren como perros en estas playas.

Los discípulos cuchichearon entre ellos sobre algunas críticas que hacían del Papa: “Vive en la residencia de Santa Marta, en vez del palacio vaticano”, “usa un utilitario”, “se acerca a los enfermos y visita las cárceles, habla con los mendigos de la calle y dice que no es quién para juzgar a los homosexuales”. “No es un teólogo exquisito, y, para colmo, se le entiende todo”.

–¿No me reconocéis en estas palabras de Francisco? –añadió el Maestro–: “Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor… Más que en tiempos pasados, hoy el Evangelio de la misericordia interpela las conciencias, impide que se habitúen al sufrimiento del otro, e indica caminos de respuesta que se fundan en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, desplegándose en las obras de misericordia espirituales y corporales”.

Una voluntaria de ACNUR, de las que le seguían habitualmente, preguntó:

–Pero dinos, Jesús, ¿por qué hemos de recibir a los inmigrantes y refugiados? También entre nosotros hay mucho paro, y niños que pasan hambre, falta de vivienda digna y de derechos fundamentales.

Jesús extendió su mano en dirección a las tiendas que habían montado los cooperantes para cobijar a los refugiados, que seguían desembarcando por cientos.

Miradlos, son pedazos nuestros, hermanos e hijos del Padre, y no tienen donde ir. Ayudad a los que tenéis cerca, pero no os olvidéis de los que están lejos. Contemplad a esos niños muertos. Miraban la vida con la ilusión que les daba estar viendo continuamente el rostro de mi Padre. ¿Cuentan ellos algo en los despachos de los dueños de este mundo, en las asambleas de los políticos, en las previsiones de Wall Street? “Mira, que estoy a la puerta y llamo”, repetiré una y mil veces. El que recibe o cobija a uno de estos refugiados a mí me recibe.

–Sin embargo, algunos obispos dicen que hay que tener mucho cuidado porque esto conlleva sus riesgos. Después de los recientes atentados de París, hay quien asegura que se cuelan entre ellos terroristas, miembros de la Yihad.

–La yerba mala crece en todas partes. Pero ¿debe el segador cortar la cizaña junto al trigo? Si estáis pendientes de todos los riesgos al hacer vuestras buenas obras, no saldríais de casa, os quedarías todo el día viendo la tele y comiendo palomitas. Si el que recibe una limosna tuya te desvalija, no te arrepientas de haberle ayudado, pues tu Padre que ve en lo secreto conoce tu intención y premiará tus esfuerzos.

Entonces se acercó un bombero voluntario de Sevilla.

–Pues a nosotros nos metieron en la cárcel por ayudar a esta gente.

–Por haber echado una mano a estos hermanos que han dejado sus hogares y se la juegan por huir de una guerra injusta hacia su libertad, vuestros nombres están escritos en la libro de la vida.

Como cada vez se unían más personas al corro de los que querían escuchar a Jesús, los discípulos sacaron algunas latas de conserva y un queso con pan que llevaban en la bodega de su barco de pesca. En esto se levantó un hombre joven, de unos veinticinco años, con pantalón vaquero, gafas redondas y desgreñada melena.

–Maestro, ¿has visto alguna vez los programas de la televisión? ¿Tienes teléfono móvil? ¿Estás en twitter o en facebook? ¿Qué piensas del boom tecnológico?

Jesús sonrió. Luego sacó un Smartphone del bolsillo de atrás y dijo:

–En mi primera venida tenía que subirme a un monte o un tejado, a veces alejarme en barca para que las multitudes me pudieran oír. No tenía más vehículo que estas dos piernas, que me condujeron por los caminos de Galilea y Judea, donde prediqué la Buena Noticia. Les hablaba en parábolas de siembra, viñas, higueras, bodas, panes y remiendos. ¿De qué os hablaré ahora? ¿Del chip y el disco duro, del whatsapp y el skype? Os diré que esta generación vive colgada del teléfono celular, gastan megas y gigas en comunicarse, pero andan solos y tristes como buitres en el desierto. Abarrotan los grandes supermercados durante los fines de semana, pero son incapaces de satisfacer su corazón amontonado compras. En los países del Norte desperdician y arrojan la comida que les sobra, mientras los niños del Sur perecen de hambre. Ahítos de sexualidad y pornografía barata, se han olvidado del amor que se esconde en un lirio y de cómo mi Padre alimenta y viste a un gorrión.

–Entonces –interrumpió el joven universitario–, ¿no son esos medios formidables púlpitos para proclamar la Palabra?

–Esta generación ha embotado sus oídos y cegado sus ojos de tanto oír y mirar. Si desde que te levantas enciendes la tele y no la apagas hasta acostarte; si no te quitas los auriculares todo el día y no paras de teclear en el móvil, es que no sabes estar solo y eres incapaz de escuchar el silencio. Tú, cuando quieras alcanzar tu mejor yo, cierra la puerta y tu Padre que ve en lo escondido te hablará y te transformará por dentro hasta encontrar la senda que salta a la vida eterna. El hombre planta y riega, construye hermosos edificios, crea máquinas admirables, computadoras, autos, aviones, naves espaciales, vacunas, robots y hasta espacios virtuales, pero no puede añadir un codo a su estatura, ni prolongar indefinidamente su vida. Y nada de cuanto hace puede hacerlo sin el concurso del Padre. Pero ¡ay de los que idolatran todas estas creaturas convirtiéndolas en absoluto! Se transforman en los cacharros que adoran, que en poco tiempo pasan de moda y van derechos a cementerios de chatarra que contaminan el planeta.

Jesús se había quitado su gorra de marinero y el viento de la noche agitaba su melena. Con tono solemne añadió:

–Sin embargo, todo el que encarna la Palabra brillará con luz propia e iluminará a sus hermanos. Así que no escondáis la luz en la sombra de su vuestros apartamentos u oficinas, sino ponerla en alto sobre las cadenas de comunicación de este mundo, para que todos las vean y las escuchen y alaben a vuestro Padre que está en los cielos. Eso sí, no encontraréis mejor criba que los propios destinatarios de vuestra verdad, que al cabo sabrán distinguir la moneda auténtica de la falsa, el que vive de veras la Palabra, y el que no pasa de ser una campana que retiñe o un altavoz vocinglero. Porque la luz brilla también en las tinieblas, repletas de negatividad, de vuestros informativos, redes sociales, telefilms o telediarios.

Felipe, uno de sus discípulos que era pastor protestante, tomó la palabra. Todos aguzaron su atención, pendientes de lo que iba a decir:

–Señor: no sabes cuánto nos alegra que hayas vuelto al mundo. Pero ya ves, estamos hechos un lío: estas víctimas que estamos rescatando del mar son refugiados sirios de religión musulmana. Aquí hay voluntarios católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, e incluso agnósticos o gente que duda de todo. Han pasado veintiún siglos desde que tú viniste y es como si no hubieras venido. Todos creemos tener la verdad. Y mira, hasta hay creyentes que se convierten en hombres-bomba en nombre de Dios. Otros que insisten que sólo en la Iglesia católica está la salvación. La fe en ti, al cabo de los siglos, en vez de unirnos, ¿no nos ha enfrentado a base de actitudes dogmáticas que excluyen y rediles religiosos enfrentados?

El Maestro reflexionó en silencio e indicó a sus pescadores que repartieran los restos de pan y las pocas latas de caballa y berberechos que quedaban en la bodega.

–Pasad también la bota de vino –sugirió.

Luego, se acercó a la lumbre y alimentó el fuego con trozos de madera de restos de embarcaciones naufragadas. Su rostro cobró tonos rojizos a luz de la lumbre, envuelto por la columna de humo que se perdía entre nubes deshilachadas con fulgores de luna.

–Hijos míos, guardaos de algunos líderes que han convertido la religión en un centón de normas, un catálogo de prohibiciones, un inexpugnable redil de fanáticos. Han deformado el rostro de mi Padre, transformándolo en el de un ogro, un maestro de escuela que azota a sus alumnos, o un dictador sin entrañas de cualquier república bananera que excluye y condena. Cargan fardos insoportables sobre vuestras espaldas y se llenan la boca con palabras bonitas. Se hacen llamar padres, pero solo hay un Padre, que está en los cielos y en aquellos que cumplen su voluntad. Destruyen las obras de arte o atenazan el conocimiento científico, la investigación y otras creaciones humanas castrando el pedazo de infinito que ha puesto Dios en el corazón del hombre. No; yo vine a poner el amor por encima de la ley, y arremetía contra los fariseos, porque ellos se habían encerrado en la letra para apagar el espíritu y conservar su tinglado que también era su negocio. ¿Cómo es posible que muchos sigan convirtiendo la fe en guarderías de adultos, fortines de defensa, o se protejan con ritos, ropajes y códigos?

El pastor protestante se levantó e insistió.

–No has respondido a mi pregunta. Vivimos en un mundo donde todos exponen sus ideas libremente, mientras reina la confusión. Dinos de una vez: ¿Cuál es la religión verdadera? Defínete: ¿Con quién estás? ¿Con el Vaticano de los católicos, con los ortodoxos, la comunidad anglicana, los protestantes, la Nueva Era?

Jesús se alzó y se movió en dirección del mar.

–Dime: ¿de quién es el mar? ¿Has visto los documentales sobre la riqueza zoológica submarina? Después de tantos siglos de historia, el hombre no conoce ni la décima parte de su fauna y flora. Mirad el firmamento: los astrónomos, con sus potentes telescopios, aún son incapaces de adivinar los miles de astros y estrellas que pueblan los espacios siderales, y rusos y americanos apenas han realizado cortos viajes interplanetarios. ¿Y queréis encerrar a Dios en un matraz para analizarlo? Sólo rompiendo vuestros ridículos vasos de comprensión podréis llenarlos del verdadero Dios. La verdad no es algo estático, como un cuadro o una diapositiva. Ni se puede contener en un solo libro. La verdad es como un manantial que está escrita en el corazón del hombre y que va creciendo hasta convertirse en río y en mar. ¿Qué queréis, encapsular la realidad en un bote de cocacola, y venderla por un dólar o un euro? Yo soy el camino, la verdad y la vida. Pero nunca dije que seguirme equivaliera a cumplir un catálogo de prescripciones, como contentarse con ir a misa, comulgar en domingo o poner la crucecita en la declaración de la renta. Hablé de un agua que salta a la vida eterna, pero no de estanques exclusivos para unos cuantos privilegiados que lucen los colores de una camiseta. ¿Sabéis a lo que se parecen? A equipos de fútbol enfrentados, a miopes partidos políticos a los que no les interesa el bien de la gente, sino que triunfen sus siglas y enriquecerse ellos mismos.

Entonces llamó a un chaval sirio que se arropaba tiritando bajo una manta. Lo sentó a su lado y le frotó los hombros para calentarlo.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó.

–Sibel –respondió el niño.

–En verdad os digo, mi verdad se llama Sibel, y cualquiera de estos pequeños que mendigan en las calles de Kabul o Río de Janeiro. La verdad es recibir a Sibel como a mí mismo y a cuantos sufren marginación y hambre, son maltratados por la injusticia de un mundo dominado por el pensamiento único de una veintena de millonarios, sus multinacionales y unos cuantos políticos. A los niños-soldados, a las mujeres apaleadas y maltratadas por el machismo, a las criaturas destrozadas por la pederastia y a las adolescentes explotadas por el turismo sexual. Di mi vida por ellos y volveré a darla ante un pelotón de fusilamiento o ametrallado por sus sicarios en cualquier carretera, si hace falta.

Una mujer musulmana con velo se levantó temblorosa:

–¿Y los que nos han hecho huir de nuestras aldeas? ¿Y los que nos matan en nombre de Alá? ¿Tú has dicho que amemos a nuestros enemigos? Mahoma nos convocó a la yihad.

–En verdad os digo que los que a hierro o disparos matan, a hierro y ráfagas de metralleta morirán. Están en el error y se les pagará con la misma moneda. Pero os aseguro que aun los terroristas y asesinos son hijos del Padre. También he dado mi sangre por ellos. Los perdoné desde el árbol de la cruz. Así mismo vosotros debéis perdonarlos para que se conviertan y vivan. No hay otra yihad que luchar para crecer por dentro y no ser como ellos, que hacer un mundo mas justo en el que quepan los empobrecidos hijos del Islam. Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Porque el que ama a sus amigos, ¿qué merito tiene? No es tan difícil acercarse a mi verdad. Sobran todas las disquisiciones teológicas y las cátedras de los sabios, si no aprendéis esto.

Un hombre anciano de barba blanca se presentó como sacerdote, capellán de un grupo de voluntarios, y se dirigió a Jesús emocionado:

–Señor, me llamo Manolo, te he dedicado toda mi vida, a proclamar tu Evangelio. Durante muchos años fui párroco en un pueblo y luego en una gran ciudad. Me he esforzado por tu causa. Pero mi gran enemigo ha sido la rutina. Preparaba con mucho estudio y dedicación mis homilías; llevaba con gran cuidado la Cáritas Parroquial, organizaba la catequesis, los grupos de confirmación y los movimientos de Acción Católica. Intentaba orientar con misericordia en el confesonario y despertar a los que acuden a los bautizos, bodas y funerales. Pero, ¿sabes, Señor?, apenas he logrado pastorear a algunas ovejas del redil, católicos de toda la vida. Sentía que mi iglesia no pasaba de ser algo más que un despacho de sacramentos y un refugio de beatas. No conseguía mucho más. La mayoría de habitantes de mi barrio pasaban de la Iglesia. Solo estaban preocupados de conservar su trabajo, ir de compras y salir de excursión los fines de semana. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué tu Evangelio no interesa? ¿Por qué todo parece gris, y ya casi nadie cree que la felicidad está en ti?

Jesús se levantó y, acercándose, puso sus dos manos sobre los hombros del anciano sacerdote.

–Gracias, Manolo. Quizás tú no lo sabías, quizás por las noches tenías dudas de fe o te sentías inútil y terriblemente solo. Pero yo estaba a tu lado. Es más, cuando partías el pan y la palabra, era yo mismo quien lo hacía por tu medio. Yo, mejor que nadie, sé que tu semilla ha caído muchas veces en buena tierra y ha dado su fruto, aunque tú no lo supieras. Es cierto también que vivís ahora en un mundo muy secularizado, que solo valora la materia, lo palpable, y no es capaz de apreciar lo que tantas veces os he repetido: que el reino es como un grano de mostaza o de trigo, o como una pizca de levadura. El marketing y las estadísticas se han metido en mi Iglesia como un demonio revoltoso que todo lo cuantifica en cifras, edificios, fundaciones y resultados. Yo amo lo pequeño, la moneda de la viuda, una sola oveja perdida, un frasco de perfume derramado con amor, una plegaria escondida en la penumbra del templo. A los demás les he llamado siervos, a ti, Manolo, te he llamado amigo.

Manolo se enjugó con el reverso de la mano una lágrima que le corría por su mejilla. Cuando se repuso, replicó:

–Sin embargo, Maestro, he de confesarte algo. De mil maneras he predicado tus bienaventuranzas, pero después de tantos años de vida pastoral yo mismo no sé qué es la felicidad. Es más, veo que todo el mundo la busca de mil maneras y no la encuentra.

–¿Cuántas veces repetiré que os falta fe? Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá. El mundo de hoy se hunde porque, como mi apóstol Pedro, no se atreve a caminar sobre las aguas. Piensa que seguirme es apretar los puños y cumplir ciertas prácticas para tranquilizar su conciencia. Lo dije entonces y lo repito ahora: El que no se niega a sí mismo, coge su cruz y me sigue no es digno de mí. Esta frase horroriza a una sociedad centrada en el bienestar del hombre y la “autorrealización”. Y es que pocos la han entendido bien. Algunos de vuestros pensadores y filósofos han escrito que yo he predicado la autodestrucción del hombre. Nada más lejos de mí. Confunden su yo mezquino, afincado a cuatro cosas de esta vida como el éxito, el dinero, el poder, con su verdadero yo más profundo. Centrarse en conquistas mundanales nos arrebata la paz, que es la felicidad posible del hombre. Casi siempre habláis de mi cruz y muy poco de mi resurrección. Resucitar es caer en la cuenta de que “el reino de Dios dentro de vosotros está”, de que ya lo tenéis todo en el que os conforta, como dijo mi apóstol Pablo. Querido Manolo no busques resultados, no te contagies de los balances empresariales y su miedo al déficit. Sé tú mismo, el que ha salido bien hecho de manos de Dios, entra en tu interior y resucitarás conmigo, aunque mientras vas de viaje y en vaso de barro, seguirás sufriendo algunos miedos, sombras e incertidumbres, pues no puedo ahorraros la cruz. Pero regocijaos porque os he preparado un lugar, y el que cree en mí tiene vida permanente.

Sin apenas caer en la cuenta, todos los presentes advirtieron que ya había pasado la noche y un rosáceo resplandor despuntaba en el horizonte anunciando el amanecer. De las tiendas salieron los primeros responsables de algunas ONGs para organizar las comitivas de refugiados, que iniciaban sus caminatas hacia los Balcanes, Alemania, Suecia y otros países europeos con sus exiguos pertrechos. Hacía frío, pero cuantos se habían alimentado con la Palabra, sentían un rescoldo en sus corazones y una renacida esperanza brillaba como una leve centella en sus pupilas.

Algunos pescadores y otros voluntarios regresaron al mar a rescatar a nuevos refugiados. Jesús se puso en camino rodeado de niños y sus padres, que acababan de oír en la radio tristes noticias, como que en su marcha se encontrarían con nuevas barreras de alambre, soldados, trenes abarrotados y fronteras clausuradas. En lontananza despuntaban siluetas de múltiples frágiles zodiacs en su incesante lucha por desembarcar y salvar sus vidas. Ya era de día.

(Publicado en la revista ÉXODO)

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Los tres amores del Papa

Con un niño

¿Se ha enamorado usted alguna vez?” le pregunta un periodista al Papa en la última entrevista. Y Francisco responde que a los diecisiete años tuvo una “novieta”, y que al principio de su seminario otra chica le obnubiló durante una semana. Entonces el colega quiere saber más. “Pregúntele a mi confesor”, se zafa hábilmente el Papa con una sonrisa.

Pedro Arrupe, el que fuera superior general de los jesuitas y por tanto también del provincial Bergolgio, solía decir que “aquello de lo que te enamoras te cambia la vida”. A un año de pontificado cabe preguntarse cuales son los amores del papa Francisco, los que han marcado su primer año de pontificado.

El primero y más determinante es su amor al Jesús del Evangelio, Seguir leyendo Los tres amores del Papa

El desconocido testamento de Martín Vigil

A raíz de la publicación de mi artículo en elmundo.es sobre la silenciosa y casi desconocida muerte del  otrora exitoso novelista José Luis Martín Vigil, recibo el sobrio y emocionante texto de su testamento que me envía un amigo gallego y debería conocer todo el mundo. En él confiesa abiertamente su fe, su amor a la Compañía de Jesús,  ignora su obra literaria y se despide con una enorme sencillez.

Creo que sus lectores merecen saborear estas sencillas y hondas palabras publicadas en octubre pasado  en el boletín “Bellavista” de los antiguos alumnos de los jesuitas de Vigo,  colegio donde Martín Vigil fue educador y vivió las experiencias que refleja en su  famosa novela “La vida sale al encuentro”.

 

“Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”.

Huelga todo comentario, pues este testamento es como el broche de oro que cierra el círculo de su vida y reconcilian y unifican para siempre las figuras del escritor y el hombre.

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Hace un año que falleció el famoso escritor sacerdote José Luis Martín Vigil, sin que nadie se enterara, sin que los periódicos le dedicaran siquiera una necrológica. elmundo.es  me pidió un artículo que apareció ayer y que reproduzco a continuación. Creo que el anterior testamento  explica mucho el silencio que rodeó a su muerte.

LITERATURA | Tras 17 años de silencio

José Luis Martín Vigil, de novelista para adolescentes a ‘cura maldito’

[foto de la noticia]
  • EL MUNDO relata hoy el final del que fuera el escritor más popular de España

Pedro Miguel Lamet | Madrid

Actualizado martes 10/01/2012 07:43 horas

Como tantos otros, no me había enterado de la muerte de José Luis Martín Vigil, aunque sabía que estaba muy enfermo. La última vez que lo vi fue hace muchos años en el plató de un programa masivo de Telemadrid. Iba acompañado de un muchacho y me saludó con afecto: “Nunca olvidaré mis años en la Compañía de Jesús. Su formación es algo que marca. Admiro a San Ignacio”, me confió con una sonrisa. Luego supe que tenía una casa en el barrio Salamanca y me llegaron algunas noticias brumosas relacionadas con la policía y algunos de sus muchachos, aquella obsesión que le había provocado dejar sucesivamente a los jesuitas y después, el sacerdocio.

Creo que sus últimos años, por lo que he podido informarme de amigos comunes fueron amargos. No sólo por el deterioro físico, sino por la soledad y la desembocadura de una vida trágica. Pero José Luis tuvo sus días de gloria. He visto colas de admiradores dando vuelta a las manzana por obtener una firma de sus obras, traducidas a varias lenguas. Sobre todo a raíz de su primera novela, ‘La vida sale al encuentro’, experiencia de sus años como educador en el colegio de Vigo, que se convirtió en un auténtico ‘best seller’, que ha llegado a reeditarse hasta el 2006, en una última versión revisada por el autor mismo.

Los adolescentes del franquismo leíamos otras novelitas aleccionadoras de la colección Eccélicer, como ‘Corazón de Cristal’ del padre Sobrino y otra que quiero recordar que se titulaba ‘El salto del torrente’, donde los protagonistas eran “escolares bien”, muchas veces “príncipes del colegio” que sentían la vocación y lo dejaban todo por grandes ideales. Para aquellos tiempos ‘La vida sale al encuentro’ fue un paso adelante en la literatura juvenil, una cita con una narrativa más moderna y comprometida, que se caracterizaba por el manejo eficaz de las situaciones y los sentimientos. En sus páginas aparecían personajes de carne y hueso, aunque siempre, claro está, con la filtración obvia de una censura ambiental franquista que impedía todo desmelenamiento.

Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años.

En una conversación televisiva con Jesús Torbado afirmó: “Cuando me encasillaron, o me encasillé, en escribir para jóvenes, muchos críticos, sin leerme, piensan que hago un subgénero; eso les ahorra el trabajo de leerme. Yo soy sustancialmente un narrador de historias. Lo que yo quiero llevar a la gente es una historia, el estudio de un problema. El estilo y la técnica que emplee serán para mí, siempre, subsidiarios. Serán aquellos que mejor ayuden al lector a comprender esa historia, a sentir ese problema, a sufrir y a gozar con mis personajes”.

¿Hay algo más digno que ser una narrador de historias, cuando sobre todo estas atrapan eficazmente y nos conducen a bucear en verdades del ser humano? No digo que Martín Vigil sea un escritor genial, para sesudos comentarios de texto en clases de literatura. Pero no es ciertamente inferior a un Luis Coloma o Fernán Caballero y otros escritores aleccionadores del XIX, que sí aparecen en los libros de texto. Sus obras se leyeron en su momento con pasión. ¿No merece su autor al menos el elogio de una gacetilla o una necrológica periodística?

Cura más homosexual era una suma explosiva en aquellos años. ¿Fue pederasta? Lo ignoro. Las últimas veces que lo vi iba con jóvenes bien crecidos. En todo caso, en estos días de salidas del armario, nadie condena a Lord Byron, Lorca, Gide o Proust por su orientación homosexual. Más bien todo lo contrario ¿Por qué se quiere enterrar la memoria de Martín Vigil o alinearlo de forma simplista con la literatura de buenos sentimientos de los años cincuenta? Hay lectores que lloraron con ‘La vida sale al encuentro’ cuando el hermanito pequeño del personaje principal, en una clara relación de homosexualidad reprimida, muere apretando con la mano una medalla de la Virgen mientras el protagonista explicitaba sus deseos de ser sacerdote. Era más revolucionario de lo que parecía.

Cuentan que al final se paseaba por internet y chateaba con los amigos. A uno de ellos le escribió: “Sigo como la víspera. Esto también puede ir para largo. Nadie lo sabe. Yo me preparo para lo que venga. En esto de la muerte, como en todo, Dios es mi padre y tiene mano en el asunto. Marito, un día irás a Dios como verás que intento hacerlo yo y te estaré esperando, si llego al cielo antes que tú”. Descanse el hombre, desde la fe que en el fondo nunca perdió, y viva en sus obras este considerable, eficaz y muy leído novelista.

 


Pedro Miguel Lamet es jesuita y escritor. En 2011 publicó ‘El último jesuita: La dramática persecuión contra la Compañía de Jesús en tiempos de Carlos III’ en La Esfera de los Libros.

El hombre que huía del mar (cuento)

Nadie conseguía que sus ojos miraran al mar. Tendría unos cuarenta y ocho años cuando los vecinos de Pirgos lo llevaron a la fuerza al acantilado para que contemplara al menos una vez el azul impecable del Egeo, mientra el viento impetuoso que allí soplaba azotaba sus negras guedejas y barbas. Pero Nikólaos tampoco abrió los ojos en aquella ocasión. “No me obliguéis a mirar al mar”, gritaba, “¿Acaso obligaríais a un hombre a suicidarse? Pues eso sería para mí mirar al mar”.

La blanca Pirgos, que domina el recoleto puerto de Pánormos, al noroeste de la isla de Tinos, la isla sagrada de las Cicladas, le vio nacer. Seguir leyendo El hombre que huía del mar (cuento)

Sin ti no soy nada

Una de las canciones más populares  del momento lo dice bien claro: “Sin ti no soy nada”. Es más, insiste:” Sin ti niña mala, / Sin ti niña triste / Que abraza su almohada / Tirada en la cama”.  ”Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada”. Es decir que, según la canción de Amaral, una vez perdido el amor concreto, desparecida la persona amada, uno se convierte en una completa nulidad.

Las canciones en todo caso son un buen diapasón de nuestra sociedad. Seguir leyendo Sin ti no soy nada

José María de Llanos, SJ

 

TRIBUNA: ANIVERSARIO
PEDRO MIGUEL LAMET

El alma secreta del padre Llanos Añadir a Mi carpeta

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero

PEDRO MIGUEL LAMET
EL PAÍS  –  Madrid – 26-09-2005
Era un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo

 

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío
Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero.

Hundidos los zapatos en el barro, dejábamos el tren en Entrevías y nos adentrábamos en un mundo aparte, llamado Pozo del Tío Raimundo. Eran los conflictivos sesenta. El que suscribe estudiaba entonces filosofía en Alcalá de Henares e iba semanalmente a ayudar al padre Llanos en la catequesis de niños ojerosos, hijos y nietos de los obreros inmigrantes que, procedentes de Jaén, Extremadura y de pueblos de Toledo, habían levantado sin permiso aquel submundo aparte del arrabal. Y algo insólito en aquellos años del franquismo: antes de dar las clases izábamos la bandera de la ONU, y cada día, la de un país, incluido la URSS, ante el señor Horacio, “el único alcalde democrático del franquismo”.

De aquellos años llevo clavada en la memoria la figura de un José María Llanos canoso, enroscado en su manta y aporreando una vieja Underwood en su gélido cuchitril, y luego, en el Común de Trabajadores, dormitorio corrido que apestaba a pies y colillas. Aquel hombre me desconcertó desde el primer momento. ¿Era el mito vivo, el jesuita que hace ahora 50 años dejó el centro de Madrid y su pasado de Cruzada para vivir con los más pobres? ¿Qué le hacía tan hosco y sensible al mismo tiempo? ¿Cómo había pasado de capellán de la Falange a “cura rojo”? y ¿de poeta exquisito a revulsivo del mundo obrero?

Recuerdo que un día, cuando llegué en plenas navidades y pregunté por él, me dijeron: “¡Uff, Llanos no sale de su cuarto hace tres días!”. ¿Por qué?, inquirí. “Es que le han robado el Niño Jesús de la capilla”. Aquella anécdota de “santo cabreo” me dio una clave para entender su alma paradójica, esa mezcla explosiva de delicadeza interior y malas pulgas, de niño y loco, de soñador y depresivo de la que hacía gala. Llanos no era el típico misionero atleta que se adentra en la selva, ni el robusto cura obrero que acaba por encallecer el alma para hacerse sindicalista. Era un poeta, un intelectual, y en el fondo, un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo. El teólogo José María Díez Alegría, con el que he charlado largas horas para escribir su biografía, me corroboraba esta acepción de Llanos como poeta, y añadía que -artista como Picasso- su gran amigo y alter ego pasó de una “época azul” a otra “rosa”. Respecto a su carácter, añadía que, “como en la Iglesia tiene que haber de todo, él le decía: Llanos, tú eres la vesícula biliar del Cuerpo Místico”.

Precisamente con Díez-Alegría, y durante el destierro en Bélgica, donde ambos hicieron sus estudios de filosofía, arranca el impulso creativo de este jesuita singular. Allí fundó un grupo de compañeros que, con el nombre de Nosotros, se dedicaba a lo que Llanos llamaba “vivir abismos”, es decir, formularse las grandes preguntas del hombre. Leían a Marechal, Heidegger, Le Roy, Karl Adam, Zubiri y los poetas de la Generación del 27 con el fin, como él decía, de “coger las grandes cabezas para despejar la mía”. Así se adelantó con tiempo al Concilio; tanto, que los superiores se asustaron y disolvieron el grupo.

Sus recuerdos inéditos que repartió entre “cien amigos” y que acaban de aparecer con el título Confidencias y confesiones, revelan a un soñador despierto, que entre depre y depre, había vivido a flor de piel la guerra: momentos como cuando recibía en Portugal la noticia de su hermano asesinado o decía su primera misa en Granada, en pleno fervor posbélico, ayudado por su padre, vestido de uniforme de general. Siempre le acompañó lo que Alegría llama ese “dolor de estrellas”, que creo esencial para entenderle cabalmente.

¿Que cómo se compagina eso con un liderazgo revolucionario y levantar el puño con Carrillo en el primer mitin pecero de la democracia? Del mismo modo que sus meriendas con la Pasionaria mientras entonaban juntos Cantemos al amor de los amores; o su deseo de que en la lápida de su tumba le pusieran su número de carné de Comisiones Obreras y, al aproximarse su hora, respondiera al jesuita encargado de las necrológicas: “Hermano, basta que me ponga el SJ (Societatis Iesu)”.

En el fondo, ese dolor de estrellas era el secreto de la osadía de Llanos. Un ensueño que no le impidió cristalizar realidades. Como cuando se fue a manifestar ante el Ministerio de la Vivienda contra la proyectada M-40, que se iba a cargar a El Pozo, y el trazado acabó rodeándolo. O cuando el autobús que unía el barrio con Atocha tenía la mitad de ventanas rotas, y él, ante el asombro del cobrador, no pagaba la peseta del billete, sino sólo cincuenta céntimos, “medio autobús”, lo que imitaron todos los que iban detrás hasta que el Ayuntamiento renovó los vehículos. El Pozo entero de hoy es en cierto modo esa utopía hecha realidad.

Pasaron los años y mi amistad con Llanos se consolidó, sobre todo en los tiempos en que yo dirigía el semanario católico Vida Nueva. Llanos era un obrero de la pluma y se ganaba la vida escribiendo artículos. Defendía, siguiendo nada menos que a Pío XII, la necesidad de la existencia de una opinión pública dentro de la Iglesia, y la ejercitaba sin cesar, a veces levantando tormentas. Pero a la postre nadie osaba callarle, porque nadie pisaba el barro como él, o decía misa en invierno enfundado en abrigo y bufanda y junto a una estufa de camping-gas.

Conservo cartas preciosas que acompañaban sus colaboraciones, que él llamaba “desahogos” desde su “rincón” y desde un “evangelio, cada vez más sorprendente para este viejo”. “Lamet querido”, confesaba, “no temas publicarlos, que el cura rojo tiene tan mala fama que todo lo suyo cabe en el cesto”. Y añadía: “De veras, no creo tener mala milk; sólo es cuestión de años y chochez”.

Ya seriamente enfermo, me escribía en 1986: “Mi cansancio es feroz, pero creo también que en la otoñada crece mi fe en Jesús, y en mi memoria, mi afecto hacia ti. Me quiero ir definitivamente, pero también estaré allí contigo”. Ése era Llanos, el amigo de todos, en quien, por encima de sus ideas, cabían desde Marcelino Camacho a Calvo Sotelo; de Solana a Martín Artajo; de Tierno a Álvarez del Manzano, pasando por Menéndez Pidal, Umbral, Fraga, Tamames, Arrupe, Ruiz Giménez, la Pasionaria y un largo etcétera.

Entre papeles viejos he encontrado un artículo inédito del padre Llanos, que, tras ser cesado director de la revista, no pude publicar. Este párrafo le retrata: “Perdonadme, pero resulta hasta grotesco salirnos con que Jesús en su mensaje vino a defender los derechos humanos. La misma paz citada y proclamada por él no se identifica del todo con lo que hoy pretenden los pacifistas, les supera. Y lo mismo se diría de la justicia -Jesús vino a salvar, después dijeron que salvar era justificar-, la cual, como la liberación, es algo tan profundamente humano que no cuadra sino con el mensaje evangelizador. ¿Por qué este afán eclesial de entrometerse en todo tarde e inoportunamente?”.

Aquella libertad profética no podía proceder sólo de su dolor de estrellas, sino de una profunda y meditada fe: “Mi tema, aflorado y hasta desafiante, siempre fue Jesús”, me confesaba al final. Era el Llanos que igual leía salmos o recitaba a Alberti y Neruda en sus interminables eucaristías como montaba guardia en la Dirección General de Seguridad para sacar de allí a un amigo. “Se parecía el autorretrato de Rembrandt del museo de Amsterdam”, dice Alegría. A mí no dejaba de evocarme una extraña mezcla de San Manuel Bueno y Mártir de Unamuno, Nazarín de Galdós y el frágil cura de aldea de Bernanos, eso sí, con ciertas pinceladas del Ché Guevara. Tan inclasificable como para que ante su tumba se abrazaran al unísono el piadoso rezo del rosario y el canto de la Internacional.

 

Los diez mandamientos del 11-S

  1. No creerás en el dios todopoderoso del mercado salvaje y del consumo sin entrañas.
  2. No creerás en el dios de la destrucción y la muerte que guía todo ciego fanatismo.
  3. No te sentirás seguro nunca más por construir torres financieras y soberbios imperios económicos.
  4. No te sentirás predestinado a nada volando a sangre y fuego, que quien a hierro mata a hierro morirá.
  5. Descubrirás que el agujero del vacío y hasta el hueco de los escombros está mucho más lleno que la arquitectura del poder sin entrañas.
  6. Descubrirás que el odio terrorista está cavando más y más la inmensa fosa que hunde y divide a los aterrorizados hombres de este siglo.
  7. Despertarás al calor de los otros, gracias al dolor que te ha hecho más humano, en medio del frío desolador de rascacielos como témpanos.
  8. Despertarás de la mentira de un falso paraíso con que envían a la muerte a sus mártires todos los locos fundamentalistas de este mundo.
  9. Creerás de una vez que en la fragilidad está la auténtica fuerza y que sólo de los pobres es el reino de los cielos.
  10. Esperarás únicamente en el Dios del amor y de sus predilectos, las víctimas y los pequeños de este mundo, que no saben de dinero, ni razas, ni religiones.
  11. Estos diez mandamientos se encierran en dos: Cualquier atentado o guerra se vuelve contra el hombre, único Dios visible;y jamás habrá paz duradera en este mundo sin el cultivo de la justicia.

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