Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Sociedad

Los solitarios del WhatsUpp

Durante el reciente encuentro en Roma promovido por el Pontificio Consejo para la Cultura y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, sobre “El Bien Común en la Era Digital”, el papa Francisco ha dicho a los participantes: «El beneficio indiscutible que la humanidad puede obtener del progreso tecnológico dependerá de la medida en que las nuevas posibilidades a disposición, sean usadas en modo ético» 

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El cosmos y yo

Recuperar la serena armonía

Solo después de que el último árbol sea cortado.
Solo después de que el último río sea envenenado.
Solo después de que el último pez sea apresado.
Solo entonces sabrás que el dinero no se puede comer.
Profecía India

La ecología está de moda. Todo el mundo habla del calentamiento global, sus funestas consecuencias y la necesidad del concienciarnos frente al problema. Pero, como en tantas otras situaciones de riesgo que nos rodean, percibo más miedo que interés, más prohibiciones que oportunidades, más impotencia que posibilidades reales de solución.
Puede ser el mal ejemplo de los políticos, que se reúnen, hablan y hablan, pero no se atreven a poner freno al consumismo del pensamiento único que nos domina. Por otra parte, los ecologistas se han convertido en cierto modo y no sin razón en un colectivo también bastante agresivo que nos llenan la vida de discos de dirección prohibida. Atacan, por ejemplo, las centrales nucleares, pero cuando llenamos las laderas de nuestras montañas de energía eólica, dicen que hacen daño a los pájaros y la belleza del paisaje. La gente se agobia. ¿Qué hacer? Hay más negatividad que esperanza.
Se me antoja que la soluciones tienen que venir de una concepción natural y global de la Naturaleza. Es cierto que hubo un tiempo en que el ser humano, en su estadio primitivo, tuvo que luchar con ella para encontrar un lugar en sus valles, montañas, orillas y cavernas. Hoy sucede lo contrario. Parece que la naturaleza ha sido desplazada por el hombre. Entre ambos debería mediar un proceso para recuperar la armonía, ese equilibrio donde las cosas son para el hombre y no el hombre para las cosas.
La reciente huida de las grandes ciudades, aunque sea los fines de semana, el creciente deseo de alimentarse de productos no contaminados, la recuperación de pueblos abandonados, son síntomas de una inquietud justificada. En contacto con el paisaje parece nacer de nuevo aquel hombre que fue cuando en verdad era hombre y no «un-ser-útil-para», un instrumento más de la tecnópolis. Se restablece así un diálogo genesiaco. Adán vuelve al Paraíso. Eso explica que Antonio Machado dialogara con la Naturaleza: «La augusta confianza / a ti, Naturaleza, y paz te pido / mi tregua de temor y de esperanza / un grano de alegría, un mar de olvido». Le dejaba a San Juan de la Cruz «un no sé qué queda balbuciendo» y un deje de infinito al poeta Juan Bautista Bertrán: «A veces por las venas de las cosas / sube una luz azul cual de presencia». Se sea o no creyente, la Naturaleza tiene algo de sacro, de inaprensible. Nos inspira y nos abruma, nos redime y nos destruye.
Por eso es importante recordar la llamada del papa Francisco en la Laudato si: “La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia «no debe ser fabricada sino descubierta, develada”. (Punto 255)
Aunque parezca silencioso, nuestro entorno habla, chilla, se estremece, se está quejando de muchos abusos. Escuchémoslo. No es una llamada general y anónima. Es muy personal viene dirigida a mí en particular como miembro del género humano y responsable del futuro y a toda la comunidad humana, pues como dice un proverbio griego: «Una sociedad crece bien, cuando las personas plantan árboles de cuya sombra saben que nunca disfrutarán». Porque la Naturaleza nos enseña a salir del ego y disfrutar de nuestra verdadera identidad: el nosotros.

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El barquillero

Un barquillero en el Rastro de Madrid ©PMLamet

            Todo un personaje rescatado del viejo Madrid el barquillero endulzaba los sueños infantiles en parques, calles y verbenas con sus finas y crujientes obleas que sabían, además de a canela, a vacación y libertad. También tenía algo de azar y misterio el runruneo del juego del clavo en la ruleta para sortearse quién pagaba o cuantos barquillos te podían tocar en cada tirada.

            Hoy casi no se ven, aunque algunos, como el de la foto, han resucitado en el Rastro o el Retiro, si bien los céntimos se han transformado en euros y los niños prefieran otras chuches o la playstation a brincar al aire libre.

            ¡Barquillos de canela para el nene y la nena! ¡Barquillos de coco que valen poco! ¡Barquillos de canela y miel, que son buenos para la piel! ¡Barquillos de vainilla, que maravilla!

            Que la tecnología no sustituya a la ilusión, ni la pantalla al paisaje real, ni el niño se haga prematuramente adulto, ni el asfalto invada la zona verde.

             Pues la vida es tan frágil como un barquillo y tan imprevisible como la ruleta de una barquillera colgada del hombro.

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Carta abierta a Bernardino M. Hernando

El periodista Bernardino M. Hernando

El periodista y sacerdote Bernardino M. Hernando falleció el pasado 7 de abril de un derrame cerebral. Como amigo y compañero de fatigas en los tiempos de “Vida Nueva” envío al vuelo de su silencioso paso por este mundo esta carta como homenaje y memoria.

Querido Bernardino:

Típico tuyo. Te has ido de puntillas, sin avisar, sin despedirte, en el anonimato que es lo que realmente te gustaba. Casi nadie se ha enterado de que fuiste uno de los curas periodistas importantes del posconcilio y la transición. Pero tú eras así, tímido, culto, lector empedernido, sonriente, poeta y un poco sarcástico y escéptico,  como mirando el mundo desde un palco y una asumida y radical libertad.

              Eras enormemente cordial y amistoso, pero cuando te acercabas te  retirabas un poco, te metías en la cueva de tus libros que nunca te cabían en casa. Aún recuerdo cómo me llamaste para entrar en la redacción de Vida Nueva, cuando te nombraron director. Con Joaquín Luis Ortega y Antonio Pelayo, a las órdenes de Martín Descalzo realizasteis la conversión de la revista de familiar a especializada., con ayuda de Mary G Santa Eulalia y María Luisa Bouvard. ¡Qué tiempos aquellos en los que escribíamos con la “tartamuda” y Paco IzquierdoJuan Barberán o Juanmi ilustraban y confeccionaban sin las ventajas de la informática noticias que miraban con lupa en Presidencia del Gobierno. A veces nos costaba caro, sobre todo cuando la censura de Fraga mandaba secuestrar la revista por los artículos de Martín Prieto con el seudónimo de Segundo Arteche. La gente leía esa página como una de las escasas ventanas abiertas a la libertad durante el franquismo.

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La herejía del hombre espectáculo

El narciso del siglo XXI

Contra la teoría de que la Tierra era el centro del Universo, Copérnico descubrió que los planetas giran en torno al  sol. Es lo que se ha llamado la “revolución copernicana”. Esta tesis tiene una aplicación a la psicología. En un mundo como el nuestro  donde el hedonismo, el consumo, el imperio de los medios de comunicación y las redes sociales se imponen sobre cualquier otro valor, el ser humano vive centrado de tal manera en su propia imagen que corre el riesgo de malograrse como persona.

Mi casa, mi coche, mi trabajo, mi vestido, hasta el colegio y la carrera de mis hijos se han convertido en adornos de mi propio yo hasta sustituirlo, en verme “guapo/a” ante la sociedad que me rodea. Este narcisismo patológico es fomentado  por la televisión, la publicidad y las redes sociales. No soy lo que soy, sino lo que aparento. El culto al cuerpo, la fotogenia, la selphimanía, la cirugía estética, la proliferación de los realItys, son algunos síntomas de este narcisismo patológico. Cualquier ama de casa convencional –“maruja” para entendernos, y sin ánimo de ofender- está dispuesta a airear sus vergonzosas intimidades con tal de salir en uno de esos programas centrados en morbosos escándalos. ¿Y qué decir de las quinceañeras, para las que el mayor regalo  en Iberoamérica es una  cirugía para aumentarse los pechos en una edad en la que ni siquiera han alcanzado su pleno desarrollo físico?

Recuerdo uno de esos cuentecillos reveladores de Anthony de Mello:

-¿Qué es lo que le gusta a tu no novia de ti? –le pregunta la madre al hijo.—-Piensa que soy guapo, inteligente y simpático y que bailo muy bien. -¿Y que es lo que te gusta a ti de ella? –Que piensa que soy guapo, inteligente y simpático y que bailo muy bien.

Todo un ejemplar del tipo de persona que emerge de nuestra sociedad narcisista. Si Erich Fromm denunciaba el cambio de paradigma del “ser” por el “tener” al que conduce el consumismo, ahora deberíamos poner de manifiesto que el hombre prefiere “aparecer” a “ser” él mismo. Podríamos denominarla la herejía del “hombre espectáculo”. Si el egoísmo y la egolatría son perversos para el desarrollo de la persona. ¿qué decir cuando la desviación no es ya poner mi ego en el centro del Universo, sino aún menos que eso,  la cáscara de mi yo, lo que represento más que lo soy o puedo llegar a  ser?

Se trata  de un nuevo emergente reinado de la superficialidad. No importa  mi esencia real, sino la foto que saco en Facebook o las veces que los internautas visualizan mi yuotube. El colmo de esta manía es morir despeñado por un selphie o en un quirófano durante una liposucción.

Urge hacer en este campo una revolución copernicana. Los clásicos de la espiritualidad lo llamaban “morir al propio yo”. Pero no hace falta ni siquiera una ascesis o afiliarse a  creencias religiosas para alcanzar ese despertar que nos resitúe en la vida y en relación con nuestros semejantes. Es un proceso de obvio sentido común. Consiste simplemente en abandonar la estupidez de creerme el ombligo del mundo –algo que desde luego no soy-, y recuperar mi verdadero sitio en él. Se trata de una  saludable cura de objetividad. No estoy solo, vivo entre cientos de miles, millones de personas, y en interdependencia con ellas, tanto en dimensiones geográficas, y ecológicas, como económicas, políticas y sociales.

Solo cuando salgo de mi empiezo a ser yo, y con ello mucho más feliz, ya que si el demasiado desear nos hace infelices por la frustración que conlleva, qué decir cuando el deseo se centra de forma preponderante en la imagen de mí. Sobre todo si el yo aparencial que me venden me destruye, porque es una gran mentira sobre mí mismo.  Como decía nuestro inmortal Séneca: “Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que los otros opinen de ti”.

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El cielo junta desiguales


Estatua de Conde, Viana do Castelo. Portugal (©PMLamet)

 Nunca hubiera osado esta mujer del pueblo sentarse así, con total indiferencia  después de ir a la compra, al lado del empingorotado señor conde. Pero hoy, gracias al arte callejero, puede hacerlo, junto a otros hombres del pueblo, a su mismo  nivel. Milagros del bronce y del paso del tiempo, que coloca a todos por igual, sentados juntos en un banco de cualquier  calle.

E

              Mientras vivimos nos separamos por la clase social, el dinero, las posesiones, la alcurnia, la cultura, el vestido, la apariencia física… Hoy, desde el más allá, el señor conde no puede protestar, ni la buena mujer pedir licencia o rendir pleitesía al aristócrata. Da igual que el municipio le haya erigido una estatua. La historia y una mirada más alta nos coloca a todos en nuestra verdad: seres humanos, hermanos bajo la misma mirada de Dios, que solo se queda con lo que escruta en nuestros corazones.

              ¿Por qué  mientras vivo me creo  superior a otros? ¿Por qué me enorgullezco de mi papel en esta comedia en vez de lo que importa, cómo lo represento en el gran teatro del mundo?

              Probablemente el conde –barruntamos- es ahora consciente de que, pese a su “sangre azul”, estaba hecho de la misma pasta que la gente que hoy se sienta a su lado, con la que seguramente nunca pudo en vida compartir casi nada.

              Como decía Calderón, “el Cielo junta desiguales extremos”.

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