Ven, Señor Jesús

Maranatha

                                                      Ven, Señor, Jesús. (Ap. 22, 20)

Porque atardece y llevo en el camino

este peso de barro, esta andadura

de tiempo y finitud con que nos dura

lo que intuyo y no sé, lo que adivino

 

en medio de la niebla o  el cansino

sentirme solo en esta noche oscura

con nostalgia de estrellas y la pura

ausencia de tu Ser, amor divino,

 

te busco en la mirada de mi hermano

te digo ven, te llamo desde el río,

el viento, el mar, la lluvia y el abrazo

 

o en el dolor, el miedo, el desvarío,

donde sé que me llevas de la mano.

¡Ven ya, Jesús, y tenme en tu regazo!

 

Pedro Miguel Lamet

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Miércoles de ceniza

MIÉRCOLES DE CENIZA

Polvo y ceniza soy, lo rememora

este fluir del tiempo y la figura

de un mundo que se pasa con presura

y entre las manos huye cada hora.

 

Se me escapa la vida cuando llora

ante la tumba su fugaz ventura

y pierde en un instante la hermosura

la flor que seduce y enamora.

 

Pero al mirar tus ojos y la risa

de un niño, un jazmín o una palmera,

su silencio te habla de su esencia,

 

un ahora eterno, esa perenne brisa

del mar de Dios que canta en la escollera

y un no sé qué de luz y de presencia.

Pedro Miguel Lamet

 

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Con el alma a la intemperie

Luz, cámara, acción. “Somos espectáculo”, decía Pablo de Tarso. ¿Diría hoy que somos un reality show? Antes lo éramos para nuestra familia, los vecinos, compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Ahora eso a mucha gente no le satisface. Asistimos a un aluvión de actores y actrices espontáneos que se vuelven locos por los focos la televisión, los programas de confesiones públicas y las redes sociales.

Lo que antes se decía sólo en susurro a la rejilla de un confesonario (los católicos, se entiende, que no eran pocos en  nuestro país),  o ante el amigo íntimo o un familiar muy querido, se pregona hoy a diestro y siniestro. Señoras del pueblo, “marías” como las llama la gente, se van a la peluquería, se endosa su vestido de lamé, con tal de salir en la tele una tarde, y largan ante las cámaras su vida más privada: sus amores prohibidos, sus hijos secretos, sus traumas de infancia, los rencores a sus padres, los pecado ocultos. No faltan incluso los que se someten voluntariamente a una “máquina de la verdad” que, a cambio de notoriedad y en algunos casos de dinero, son investigadas hasta en sus deseos más inconfesables. Seguir leyendo Con el alma a la intemperie

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El arte de creer

 

 

Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dio­ses, pero abusaron de su divinidad y el dios supremo Brahma decidió despojarlos de su ser y poder divinos y ocultarlos donde ningún hombre pudiera encontrarlos. Fue ardua la ta­rea de encontrar un buen escondite. Algunos dioses menores convocados a consejo para dar con el lugar adecuado para esconder la divini­dad del hombre propusieron ocultarla en lo más hondo de la tierra o arrojarla al fondo de los océanos; otros dijeron que lo más seguro sería elevarla por los aires a la más alta de las atmósferas.

Pero Brahma dijo que él sabía de qué pasta había hecho al hombre Seguir leyendo El arte de creer

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Respirar la paz

Que respirar en paz la música no oída

sea mi último deseo, pues sabed

que, para quien respira

en paz, ya todo el mundo

está dentro de él y en él respira.

 

Esta estrofa de Antonio Colinas en “Letanías del ciego que ve” sintoniza bien con la imagen de barcas  flotando quietas a la débil luz del crepúsculo. Frente al torbellino de un mundo atolondrado que se mueve al vértigo de noticias, el watsapp, y el consumo frenético parece imposible respirar esa música no oída que se esconde detrás del silencio, corazón de todo.

En primer lugar porque no somos conscientes de nuestra respiración, que es la frontera de contacto con la vida. Y después porque no vivimos, nos viven desde fuera. Seguir leyendo Respirar la paz

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El primer film pintado al óleo

Nos encontramos ante un hito, un nuevo paso en la historia del cine de animación y en el ensamblaje –que por otra parte siempre ha existido aunque de otra manera- entre el séptimo arte y la pintura.  La polaca Dorota Kobiela y el británico Hugh Welchman,  se embarcan en el enorme desafío de realizar un biopic homenaje a Van Gogh a través de la singular creatividad de su pintura, para lo que ha sido necesario recrear unos 65.000 cuadros con la intervención de 125 pintores durante diez años. Un trabajo ímprobo para dar vida cinematográfica y pictórica al espíritu creador, encuadrado en la investigación de los enigmas de sus últimos polémicos momentos del genial neerlandés.

Kobiela, que estudió Bellas Artes y trabajó como pintora antes de dedicarse al cortometraje, fascinada con la lectura de las cartas de Van Gogh a su único confidente y hermano Theo, alienta la idea de plasmar una película sobre su alma, su arte, su misterio interior. El proyecto rebasaba los límites de un corto, por lo que se lanza al largometraje. Junto a Welchman realiza una prolija documentación previa: leen 40 obras sobre el pintor, visitan 19 museos para analizar 400 cuadros, mas la revisión de los documentales y filmes existentes, como El loco del pelo rojo de Vicente Minelli (con Kirk Douglas como Van Gogh) o la más cerebral de Robert Altman, Vincent y Theo.

Descartados los cuadros pintados en el manicomio, que le desvían de su intención argumental, la  historia se centra en París durante el verano de 1891. Seguir leyendo El primer film pintado al óleo

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La mirada del niño

Ante un mundo confuso, lleno de dudas, incógnitas y miedos, me viene a la memoria esta frase de Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe”. Uno de esos milagros es la mirada de un niño. Limpia, sencilla, natural, como si estrenara el mundo, todavía no hay en ella rencor, ni desconfianza o segundas intenciones. Quizás porque aún está cerca de su origen divino, del contemplar cara a cara la vibración eterna de Dios, donde todo está en paz y todo es uno en el Uno, sin rupturas ni enfrentamientos.

Sus ojos son como lagos donde se copia el cielo y su rostro transparenta la pureza a la que estamos llamados a volver. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lc 18,16), decía Jesús que, nos exhortaba a volver al niño que en el fondo seguimos siendo. ¿Cómo hacerlo? Buceando más allá del ruido y el torbellino de la preocupada mente para rescatar en lo hondo el Ser con que salimos bien de las manos de Dios, y que brilla, aunque no lo sepa, en mis olvidados ojos de niño. Una mirada distinta para enfrentar el nuevo año.

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Siempre hace buen tiempo

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